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11 de febrero de 2009

“El ocaso de la sociedad”

Un ensayo sobre lo religioso y lo social.

por Alejandra Ortiz Chacón

¿Qué tanto puede explicarnos la cuestión religiosa sobre lo social? ¿Qué lugar en importancia ocupa cuando queremos interpretar a la sociedad? ¿Cómo hacer estudios sobre religión en una sociedad donde las categorías ayudan a definir pero también plantean limitantes? A través de este ensayo buscaremos reflexionar sobre estas preguntas, partiendo de un par de lecturas de Durkheim y Weber [1], así cómo de las discusiones llevadas en clase y el interés propio de quien escribe.


Para aquellos que nos interesa estudiar la religión, es casi imprescindible que aboguemos por su importancia para comprender a la sociedad. Sin embargo, tan sólo determinar si lo social se define a partir de las creencias religiosas de los individuos o viceversa, resultante bastante complejo y no respondemos a sus contradicciones y planteamientos. Para comenzar analizando lo que la teoría social clásica nos dice sobre la religión conviene advertir lo difícil que es comprender totalmente los planteamientos de Marx, Weber y Durkheim debido a qué el momento histórico y las formas bajo las cuales se desarrollaron sus investigaciones son distintas a las de hoy. Aún cuando un estudio más completo sobre el tema requiere indagar sobre el contexto de producción y recepción de sus obras, en este ensayo sólo reflexionaremos sobre algunos de sus principales planteamientos en cuanto al tema de interés.


En la clase se presentó lo que posiblemente eran las ideas de Marx sobre la religión, partiendo de lo comentado sobre sus Escritos de Juventud. Este autor, aún cuando nunca escribe sobre el tema de forma específica, sí hace declaraciones que han sido fácilmente comprendidas fuera de su contexto [2] y le atribuyen ideas sobre el poco valor de la religión en la sociedad y cómo medio de enajenación. Sin embargo, él al igual que Durkheim y Weber reconocen la preponderancia social de la religión y le observan como su propio reflejo.[3] De hecho, posteriormente la misma sociología ha “institucionalizado” su interés por comprender las interacciones sociales con la religión, pues el planteamiento principal de ciertos estudios sociológicos es, según Goddjin el interés en el papel que ocupa lo religioso en la sociedad y las acciones que ejerce sobre ella.[4] Por tanto lo que interesa al sociólogo es explicar estas interacciones. “La sociología de la religión dirige precisamente su atención a este incesante proceso de entrelazamiento de los valores religiosos con la acción de factores sociales, que el sociólogo profesional denomina institucionalización.”[5] Sin embargo, estas relaciones no pueden ser sencillas en un contexto tan complejo como el que nos plantea la modernidad.


La religión es un producto social que adquiere importancia para su estudio dentro de la modernidad ante el vaticinio de su ocaso, planteando cuestionamientos sobre el ser humano en este marco y la forma en que vive su religiosidad. Estas mismas preguntas conllevan la necesidad de definir “religión”, “modernidad”, “iglesia”, “lo sagrado”, “los mitos”, que desde la óptica que Occidente ha desarrollado ahora se juzgan aparte y por lo tanto han adquirido nuevas representaciones. La racionalización es distinta, como lo explica Weber, pues la sistematización, las leyes, la ciencia y la burocracia han transformado al mundo. Pero aún así, en su tesis nos refiere a “la ética de trabajo” que en el espíritu del capitalismo, responde a conductas motivadas por la religión[6], pese al desencantamiento que se ha producido.


Otra cuestión observable es la experiencia personal y el papel que juega al estudiar a la sociedad y la religión. Cada uno de los clásicos que mencionamos tuvieron su propia trayectoria que les dio perspectiva para abordar la religioso. Es indudable que esto introduce la cuestión objetividad-subjetividad, pero más que negar la posibilidad de análisis la enriquece y lo que hoy se busca es comprender desde la óptica misma de los fieles para así entender sus prácticas y significaciones. Si bien las categorías de análisis nunca podrán abarcarlo todo, es útil comprender lo mejor posible el objeto de estudio y su propia dinámica para después encontrar un marco teórico y conceptual que se aproxima a explicarlo. Podríamos pensar que esto no es plausible en los estudios de religión, pero el investigador no se dedica a demostrar la veracidad de las creencias, sino su funcionalidad y repercusiones en lo social. Por esta razón, lo que se gesta en lo individual está enmarcado socialmente, pero también proviene de las tradiciones en un contexto histórico y tiene repercusiones sobre la forma de comprender la vida, de vivirla, entenderla y buscar su transformación.


La religión está presente en todas las sociedades y su aparente centralidad es contradicha actualmente. No obstante, nos encontrarmos ante una redefinición donde la misma sociedad intenta compredenrse así misma en los límites de la modernidad y ante la ruptura de los grandes paradigmas. Considero por lo tanto, que el ocaso de lo religioso representaría el ocaso mismo de la sociedad: como forma de explicación y como parte de su propia constitución. Tomando prestado lo dicho por Durkheim, la religión ha estado presente desde los orígenes en las sociedades más primiticas (aún cuando su estudio carezca de otro tipo de rigor), ayudan a explicarlas en sus valores, ideales y relaciones.[7]




[1] Emile Durkheim , Las formas elementales de la vida religiosa, (México: Colofón, 1991) y Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, (México: Colofón, 1998)

[2] Frases mencionadas tradicionalmente como : “La religión es el opio de los pueblos” o “ La religión es el suspiro de los pueblos oprimidos”

[3] Jeremy Townsley sitio web official, “Marx, Weber and Durkheim on Religion”, http://www.jeramyt.org/papers/sociology-of-religion.html (acceso octubre 20, 2008)

[4] H. y W Goddijn, Sociología de la Religión y de la Iglesia. (Buenos Aíres: Carlos Lohlé, 1973): 9.

[5] Ibid., 13

[6] Max Weber, La ética protestante, 21-22.

[7] Emile Durkheim , Las formas elementales, 8-15.

3 de diciembre de 2008

Historia cultural y materialismo histórico

Por Pedro Espinoza Meléndez*


Introducción

El objetivo del presente trabajo es analizar la influencia del materialismo histórico en los trabajos de historia cultural. Busca comprender por qué a pesar de los nuevos giros en las ciencias sociales, así como la desvalorización del marxismo como ideología política, ciertos conceptos de dicha corriente siguen siendo fundamentales en los análisis de la sociedad.

El texto comienza haciendo un breve comentario sobre el marxismo, y cómo ha perdido terreno dentro de los discursos políticos contemporáneos, lo cual de alguna manera ha creado un cierto rechazo hacia el mismo. Por otro lado, se hace mención sobre la forma en que el materialismo histórico ha operado tradicionalmente ha buscado comprender las sociedades y la historia, así como su contraste con los nuevos objetos de estudio que aborda la historia cultural.

Posteriormente se mencionan algunos ejemplos de autores y trabajos de historia cultural, en los cuales se encuentran presentes algunos conceptos provenientes del materialismo histórico, jugando un papel fundamental en la interpretación llevada a cabo por dichos autores. El trabajo termina con algunas conclusiones que pueden surgir al respecto, después de las lecturas, discusiones, exposiciones y comentarios llevados a cabo durante el semestre.

El materialismo histórico, ayer y hoy

Hablar hoy en día de marxismo o de materialismo histórico es algo completamente distinto a lo que significaba hace varias décadas. No se trataba solo de una corriente dentro de las ciencias sociales, sino que al mismo tiempo era cuando/es todavía para muchos? un discurso político, que se proclamaba a sí mismo como una alternativa viable y necesaria al modelo capitalista. Sin embargo, ante el desmoronamiento de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín, la apertura de China al mercado internacional, y las carencias de dictaduras como la del caso cubano, resulta sumamente difícil sostener un discurso de este tipo, al punto de que el simple hablar de “socialismos” puede producirnos cierto ruido.

Pero alejándonos un poco de este significado de marxismo, y acercándonos a las categorías de análisis social, ¿qué tan oportuno resulta en nuestros días hacer uso de los conceptos del materialismo histórico? Y más aún, ¿qué tan adecuado es utilizarlos cuando nos ocupamos de problemas que aparentemente resultan ajenos a los campos de estudio tradicionales de dicha corriente?

Probablemente la respuesta sea afirmativa, tal vez aún en nuestros días algunos de los conceptos enunciados por el marxismo resultan importantes para estudiar a las sociedades, inclusive cuando se trata de hacer historia de la cultura. Probablemente, aunque como ideología política haya perdido validez, el materialismo histórico sigue siendo importante para aquellos que, de alguna manera, nos dedicamos o pretendemos ser científicos sociales.

¿Incompatibilidad de paradigmas?

Como señala Peter Burke, hablar de una historia marxista de la cultura parece una contradicción. El materialismo histórico, como su nombre lo dice, se caracterizó mucho tiempo por su énfasis en lo material, lo económico. La cultura era vista como una simple parte de la superestructura,[1] es decir, un resultado de la estructura de una sociedad y que a su vez servían para sostenerla en pie. En otras palabras, para el marxismo la cultura está determinada por las estructuras económicas y sociales. Por eso, muchos de los análisis sociales llevados a cabo desde el materialismo histórico se enfocaban en analizar lo económico, pues en ello se encontraba el motor de la historia y de las sociedades humanas.

Lo que la historia cultural estudia es algo completamente distinto. Roger Chartier menciona que si bien existen varias corrientes dentro de ésta perspectiva, en general lo que se analizan son los ritos, las creencias, los textos, el lenguaje, las prácticas, las acciones simbólicas y sus significados. Se trata de terrenos que por mucho tiempo fueron dominio de los antropólogos, pero que recientemente han sido objeto de estudio de los historiadores.[2]

Sin embargo, pese a la notable distinción entre dichas escuelas, no es novedad que los marxistas se ocupen de estudiar la superestructura. Ya en los añs sesenta se había dado un debate en el cual se le calificaba a Edward Thompson de culturalista, por ocuparse más de la cultura que de las estructuras económicas. A ello respondía calificando de economicistas, a aquellos seguidores dogmáticos –por llamarles de alguna forma- del materialismo histórico[3]. Pero ¿que sucede con este debate hoy en día? ¿La historia cultural y el marxismo son compatibles o tienen un pleito irreconciliable?

Influencia del materialismo histórico en los trabajos de historia cultural

La idea de que necesariamente existe una estructura que sostiene y determina la cultura, se encuentra presente en muchos trabajos de lo que hoy conocemos como historia cultural. Un ejemplo de ello es el caso de Roger Chartier.

Si bien últimamente se ha puesto mucho énfasis en el giro lingüístico –es decir, a poner en el centro al lenguaje como posibilidad de conocimiento histórico-,[4] éste autor se opone a las posturas que afirman que los textos existen por sí mismos. Chartier menciona que los textos no pueden existir fuera de un soporte que lo da a leer, que dependen de las formas en las que se presentan a los lectores[5]. De esta manera, el significado de un texto no lo da su contenido por en sí, sino que en gran medida lo determinan las condiciones materiales desde las cuales llega al lector, así como el contexto desde el cual se hace la lectura. ¿Hay entonces una estructura social debajo de la cultura, que influye fuertemente sobre ella?

Eric Hobsbawm es uno de los mejores ejemplos de la influencia que venimos mencionando. Si bien se trata de un historiador marxista contemporáneo, sus análisis van más allá de las estructuras económicas, y se adentran en un análisis de la cultura, que en ningún momento pierden de vista lo material. En La Revolución Cultural, habla de cómo las transformaciones ocurridas en el pensamiento y en las costumbres durante la segunda mitad del siglo XX, se dieron de forma no solo paralela, sino íntimamente ligadas a los cambios que se vivieron en las fuerzas del mercado capitalista mundial.[6]

Es posible mencionar también el texto “Salir” de Michell Perrot. Sumamente influenciada por la historia de las mentalidades de la escuela de los Annales, ésta historiadora lleva a cabo una reconstrucción de la historia de las mujeres en occidente. citar a Perrot Algo notable en este trabajo, es que así como el marxismo hablaba de una conciencia de clase, Perrot nos habla de una conciencia de género,[7] que fue adquirida a lo largo de los años y de diversos procesos de cambio social. Al mismo tiempo, el análisis que hace sobre las mujeres como grupo social nos remite a los escritos de Antonio Gramsci, quien habló de clases subalternas, subordinadas a una que posee una hegemonía cultural.[8]

Inclusive en autores que podemos considerar posmodernos, siguen estando presentes este tipo de conceptos. Michel De Certeau, quien en su trabajo “Historia, entre Ciencia y Ficción” lleva a cabo un análisis sobre la historiografía occidental, al punto de casi negarla y equipararla a los discursos ficticios, (negar a la historiografía, no a la historia) se encuentra sumamente influenciado por el marxismo. Esto es algo que se puede apreciar también en otros textos, tales como La toma de la palabra, donde se manifiesta abiertamente a favor de los movimientos estudiantiles de izquierda.

En el caso de “Historia, entre Ciencia y Ficción”, hace referencia a que la historiografía profesional o culta se encuentra determinada por las estructuras socioeconómicas que determinan las representaciones de una sociedad.[9] Una vez más nos encontramos con un autor que, si bien estudia las representaciones sociales, no pierde de vista la parte socioeconómica, y en éste caso, parte de dicho principio para llevar a cabo un análisis profundo y muy crítico hacia la forma en que tradicionalmente se concibe la historia en la modernidad.

Conclusiones

Como se mencionó al principio del trabajo, el significado de ser o decirse marxista hoy en día es muy distinto a lo que fue antes de la caída de los regímenes socialistas. Dado la referencia existente, se tiende a ver como si el análisis social del materialismo histórico y el discurso político fueran una misma cosa. Pocos académicos se dicen marxistas hoy en día, y quien llega a hacerlo es visto, lógicamente con ciertos prejuicios.

Sin embargo, dentro de las ciencias sociales, podemos hablar de un materialismo histórico que no necesariamente es una doctrina dogmática. La influencia de ésta corriente se marca como una forma de concebir y de interpretar los fenómenos y la historia, en donde las estructuras socioeconómicas son factores que determinan las representaciones, los símbolos y la cultura de una sociedad. Esta es una visión que, como es posible observar, se encuentra presente en muchos de los trabajos de historia cultural, y que resulta fundamental para la interpretación llevada a cabo por los autores.

Más allá de las cuestiones ideológicas, de los prejuicios, de las nuevas formas de acercarnos a la historia, y de los recientes cuestionamientos a las certezas de la modernidad, es necesario tener en cuenta aquellas aportaciones a la historia y a las ciencias sociales que puedan ayudarnos a explicar los fenómenos que nos ocupan. En el caso del materialismo histórico, marxismo, o como queramos llamarle, nos encontramos frente a una escuela que, pese a haber perdido el lugar que en un momento tuvo dentro del plano ideológico, sigue teniendo mucho que aportar en cuanto al análisis de la sociedad, trátese de lo socioeconómico o de lo cultural.

Bibliografía

Burke, Peter. “Capítulo 2. Problemas de la Historia Cultural”, ¿Qué es la historia cultural? Barcelona: Paidós, 2006.
Chartier, Roger. “2. El mundo como representación”, El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. Barcelona: Gedisa, 2005.
_____, “La nueva historia cultural”, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito. México: UIA, 2005.
Escalante Gonzalbo, Fernando. “El giro lingüístico” Una idea de las ciencias sociales. México, Barcelona, Buenos Aires: Paidós, 1999.
Hobsbawm, Eric. “Capítulo XI. La revolución cultural”, Historia del Siglo XX. 1914-1991. Barcelona: Crítica, Grijalbo Mondadori, 1995.
Perrot, Michell. “Salir”, Historia de las mujeres en occidente, t.8, dir. Por George Duby y Michell Perrot. Madrid: Taurus, 1996.
De Certeau, Michel. “IV. La historia, ciencia y ficción”, Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción. México: UIA, 1998.

* Estudiante del 7mo semestre de la licenciatura en Historia, Escuela de Humanidades, UABC campus Tijuana. Este ensayo es el trabajo final del curso optativo titulado Seminario de Historia Cultural, impartido por la Mtra. Miriam García. utiliza mismo tipo de letra en todo el documento
[1]Peter Burke, “Capítulo 2. Problemas de la Historia Cultural”, ¿Qué es la historia cultural? (Barcelona: Paidós, 2006) 36.
[2]Roger Chartier, “2. El mundo como representación”, El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. (Barcelona: Gedisa, 2005) 46 – 47.
[3] Burke, “Problemas de la Historia Cultural”, 40.
[4] Escalante Gonzalbo, Fernando “El giro lingüístico” Una idea de las ciencias sociales. (México, Barcelona, Buenos Aires: Paidós, 1999), 166.
[5] Chartier, Roger “El mundo como representación”, 55.
[6] Eric Hobsbawm, “Capítulo XI. La revolución cultural”, Historia del Siglo XX. 1914-1991. (Barcelona: Crítica, Grijalbo Mondadori), 345.
[7] Michell Perrot, “Salir”, Historia de las mujeres en occidente, t.8, dir. Por George Duby y Michell Perrot. (Madrid: Taurus, 1993), 187.
[8] Burke, “Problemas de la Historia Cultural”, 40.
[9] De Certeau, Michel “IV. La historia, ciencia y ficción”, Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción. (México: UIA, 1998), 55.

Historia Cultural, reinterpretación y aporte de nuevas problemáticas para la historia

Por Sarai Espinoza

En el presente ensayo abordaré algunas de las cuestiones que considero, más importantes de la historia cultural. Para empezar, trataré el punto de lo qué es o conforma a la historia cultural, desde los aportes de Peter Burke con “Qué es la historia cultural”; y Roger Chartier con, “La nueva historia cultural”. Después haré mención de algunos de los aportes fundamentales de la historia cultural a la disciplina en sí, además de su forma de estudiar a la historia: como lo es la cuestión de géneros con Michelle Perrot en “Salir”, las formas o construcciones de los discursos con Tzvetan Todorov en su capitulo “Descubrir”, y por último la diversidad del uso de fuentes plasmadas en los escritos de Marc Ferro “El cine: un antianálisis de la sociedad” y Marcel Detienne “El mito. Orfeo y miel”. citar

Para iniciar este trabajo es fundamental poner sobre la mesa la complejidad del termino Cultura, enunciado en su mayoría por antropólogos; y cuya definición misma genera un sin fin de posibles resultados. Como acontece con tantas actividades humanas, cualquier solución al problema de escribir la historia cultural acaba por generar sus propios problemas más pronto o más tarde. Según Peter Burke, comprender a la historia cultural genera un conflicto, al pretender dar sentido a todos los cuestionamientos que esta podría generar. [1]

El término cultura solía referirse a las artes y las ciencias, luego se usó para describir los equivalentes populares de las artes y las ciencias: música popular, medicina popular, etc. En la última generación, la palabra ha pasado a referirse a un vasto repertorio de objetos (imágenes, herramientas, casas, etc.) y prácticas (conversación, lectura, juego).[2] Por otro lado, el hablar de cultura nos lleva a problematizar entre lo popular y “lo sabio”. Roger Chartier pone de manifiesto las críticas constantes hacia la llamada cultura popular, debido a que, según el autor, es imposible encasillar a la cultura a partir de prácticas o ideas.

Más allá de expresar un significado como tal, considero que la mejor forma de entender a la historia cultural se centra en los cambios que ésta propicio en el estudio de la historia. Uno de los más relevantes sería la participación con otras ciencias, dicho de otra manera la interdisciplinariedad en la historia. La new cultural history encuentra modelos de inteligibilidad en disciplinas vecinas que los historiadores habían frecuentado poco hasta entonces: por un lado, la antropología; por otro, la crítica literaria.[3] Además de una unión especial que se forja con otras disciplinas como la filosofía, sociología, entre otras. La escuela de los Annales, desde los tiempos de Bloch planteo la necesidad de la interdisciplinar. Peter Burke expresa una opinión particular acerca de los aportes de la filosofía al enfoque de cultura; sobre todo a las críticas marxistas a los historiadores culturales, como el hecho de sobreestimar la homogeneidad cultural o ignorar los conflictos culturales.[4]

Otro de los elementos fundamentales en la historia cultural es la diversificación en cuanto a temas de de interés y a las explicaciones que de estos se generan. Uno de los principales aportes a lo anterior, son la crítica-construcción de textos y las significaciones mencionadas por Chartier; o el análisis de contenido y crítica de las fuentes que Peter Burke aborda; que la historia cultural permita el análisis de temas como las mujeres, la cotidianidad, valores, conductas, etc., evita usar el etc. propicia una propuesta mayor de fuentes documentales a investigar. Por ello la relevancia de presentar en este ensayo algunos de los trabajos historiográficos que expresan lo anterior.

Sin lugar a dudas uno de los temas que generó controversia fue el estudio de las mujeres. Michelle Perrot en “Salir”, refleja algunos de los cambios más relevantes por los que atravesó la mujer, sobre todo a partir del siglo XIX. Donde se convierten en piezas claves de varios procesos, permitiendo de esta forma la consolidación de una nueva forma de concebir a la historia. Las mujeres supieron apoderarse de los espacios que se les dejaba o confiaba, y desarrollar su influencia hasta las puertas mismas del poder. Allí encontraron los lineamientos de una cultura, matriz de una conciencia de géneros.[5]

Tal como lo expresa Perrot el estudio de las mujeres propicia un “nuevo” aporte de la historia cultural. Debido a que una se deja de lado la hegemonía masculina expresada durante años, para dar paso a una historia de las mujeres estudiada, analizada y expresada por una mujer. “Salir” como su nombre mismo lo indica, refleja aquel momento en que las mujeres pudieron formar parte activa de la sociedad. “Salir” expresa el cambio estructural que hubo en las mujeres; “Salir” representaba la idea de modificar la relación hombre-mujer, pero sobre todo cambiar la relación mujer-sociedad ya no sólo como creadora de hogares sino también como ser pensante, activo e individual. Perrot, y en específico “Salir” podrían ser para la historia cultural ese punto de unión entre las mujeres y los estudios historiográficos.

Además de la cuestión de géneros otros de las reinvenciones de la historia cultural, se centra en la forma en que se construyen los discursos historiográficos. En el capítulo “Descubrir”, Todorov realiza un análisis, construcción e interpretación de un personaje a través de las representaciones. Representaciones que se centran en la explicación de ciertas imágenes; Todorov trata de analizar un momento y personaje histórico mediante el análisis de sus diálogos, en este caso las cartas de Colón.[6] Para Todorov, a través del uso de las imágenes, representaciones y lenguajes se puede describir el pensamiento de un individuo, elementos que tanto Burke como Chartier vinculan a la conformación de la historia cultural.

Por otro lado, dentro de la diversificación de las fuentes dentro de la historia cultural encontramos dos elementos, antes ignorados por la historia, como: el Cine y la Literatura. En su capítulo, El cine “¿Un contraanálisis de la sociedad?”, Marc Ferro hace referencia a la diferencia de temporalidades entre el cine y la historia; el autor percibe al cine como una fuente, que conforme el análisis del lenguaje puede ser empleado en el discurso histórico. [7] El cine tiene la capacidad de dar imagen a aquellos sucesos solo escritos, o expresar situaciones emocionales que para la historia se vuelvan más complicadas pero a la vez enriquecedoras. Ojo aquí, Ferro plantea esto en los setenta, como parte de la tercera generación de los Annales. Lo interesante en este caso como en el de Perrot es cómo se desarrolla el estudio de estos temas que plantean desde la perspectiva de la historia cultural, que los enriquecen. De alguna manera, ambos autores son antecedentes fundamentales de estas líneas de estudios.

Además de los aportes del cine, también encontramos aquellos que realiza la literatura. Marcel Detienne en “El mito Orfeo y miel”, señala algunas de las características primordiales de la construcción de un mito y el análisis “histórico” que de éste se pudiera hacer. Los modelos estructurales del mitólogo no pueden pasar sin análisis del historiador, sin los cuales su coherencia y su lógica estarían privadas de fundamento.[8] Es decir, que no se puede ver a una disciplina distante de la otra, o completamente lejana, sin que una u otra no pudiesen generar beneficios entre sí. Es el mismo caso de Ferro y Perrot, entonces la pregunta es ¿desde cuando la historia cultural? ¿Cuáles son sus antecedetes? No te olvides de situar a los autores y sus textos, cuándo escriben, a que tradición historiográfica pertenecen, cómo se relacionan con la historiografía contemporánea. Esto tiene que ver con la crítica de fuentes, historiográficas en este caso.

Lo analizado en este ensayo, se centro básicamente en los autores y temas que más me interesaron durante el semestre, además de los autores que a mi criterio dejaron un cuestionamiento en mi persona. Es innegable que los aportes de la Historia Cultural a la disciplina han sido muchos, desde los nuevos temas a debatir, la forma en que se analizarían los documentos, la estructura de los trabajos y por ultimo el análisis de sus contenidos. Cada uno de los autores abordados en este ensayo refleja, en una mínima parte, lo qué es y cómo se conforma la historia cultural. Partiendo desde sus principios básicos con Burke y Chartier hasta la discusión que podría significar el aceptar a la literatura o al cine como una fuente histórica.

Bibliografía

Burke, Peter. “Capítulo 2. Problemas de la historia cultural”, ¿Qué es la historia cultural?. Barcelona: Paidós, 2006.
Chartier, Roger. “La nueva historia cultural”, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito. México: Universidad Iberoamericana, 2005.
Detienne, Marcel. “El mito. Orfeo y miel” en Hacer la historia. Vol. III. Nuevos temas, dir. Por Jacques Le Goff y Pierre Nora, Barcelona: Laia, 1980
Ferro, Marc. “El cine: un antianálisis de la sociedad” en Hacer la historia. Vol. III Nuevos temas. Barcelona: Laia, 1978.
Perrot, Michelle. “Salir”, Historia de las mujeres en Occidente, dir. Georges Duby y Michelle Perrot. Madrid: Taurus, 1993.
Todorov, Tzvetan. “1. Descubrir”, La conquista de América. El problema del otro. México: Siglo XXI, 2001.
[1] Peter Burke, “Capítulo 2. Problemas de la historia cultural” en ¿Qué es la historia cultural?, (Barcelona: Paidós, año), 35.[2] Ibíd., 45 .[3] Roger Chartier, “La nueva historia cultural” en El presente del pasado, Escritura de la historia, historia de lo escrito, (México: Universidad Iberoamericana, año), 14.[4] Burke, “Problemas de la historia cultural”, 38-39[5] Michelle Perrot, “Salir” en Historia de las mujeres en occidente, (Madrid: Taurus, año), 155.[6] Tzvetan Todorov, “1. Descubrir” en La conquista de América, el problema del otro, (México: Siglo XXI, año), 23-25[7] Marc Ferro, “El cine: un contraanálisis de la sociedad” en Hacer la historia. Vol. III Nuevos temas, dir. Por Jacques Le Goff y Pierre Nora, (Barcelona: Laia, año), 241. [8] Marcel Detienne, “El mito. Orfeo y miel” en Hacer la historia. Vol. III. Nuevos temas, dir. Por Jacques Le Goff y Pierre Nora, (Barcelona: Laia, año), 78.

La posibilidad de escribir historia

Por Abdiel Espinoza González*


Introducción

La relación entre historia y literatura es un debate entre los historiadores que merece la pena considerarlo con el mismo grado de importancia que otros. El solo término de literatura evoca un pasado no científico para la disciplina. Es en torno a este punto, la relación entre historia y novela donde se ubicarán estas reflexiones. Para ello, tomaré de las ideas expuestas por autores como Micheal De Certeau, Roger Chaertier, Avital H. Bloch, Marcel Detienne y Fernando Del Paso.[1]

En un primer apartado elaboraré un pequeño esbozo de la relación entre el historiador y la novela, en donde haré especial énfasis en dos aspectos principales: el primero serán los cambios en el tipo de narración que el historiador ha usado para escribir la historia y el segundo trataré la posibilidad de la novela como fuente para la investigación histórica. En un segundo momento presentaré una reflexión en torno a la posibilidad de construir una nueva interpretación del pasado por medio de la novela, con el fin de construir una historia todavía más humana, con un lenguaje menos estéril, que pueda tener la oportunidad de llegar a un público más amplio.

El historiador y la novela

En sus inicios, la historia era el relato, oral o escrito, de los acontecimientos ocurridos en el pasado donde los dioses intervenían en el curso de la vida del hombre. Por medio de ella comprendían su realidad, resolvían sus dudas y daban orden a su existencia en el tiempo. Posteriormente, la historia como herramienta para la construcción de identidades fue indispensable para la formación de los Estados-Nación europeos en el siglo XIX. Por medio de estos dos ejemplos, es posible ver a una historia militante, en cuanto recurso para la acción, en donde el historiador escribía con un fin específico, para un público en el que deseaba influir para que reaccionara de una forma determinada, por lo tanto, esa reacción esperada le demandaba poner atención especial a la forma en la que narraba la historia.

La voces encantadoras de la narración transforman, desplazan y regulan el espacio social. Ejercen un poder inmenso, pero un poder que escapa al control ya que se presenta como la verdadera representación de lo que sucede o de lo que sucedió […] bajo el nombre de ciencia, también arma y moviliza clientelas. Por ello, frecuentemente más lúcidos que los mismos historiadores, los poderes políticos o económicos están siempre esforzándose por tenerla a su lado, por halagarla, por pagarla, por orientarla, por controlarla o por domesticarla.[2]

Con el desarrollo e institucionalización de las ciencias en la Europa del siglo XIX, iniciaron los trabajos de los historiadores por convertir a la historia también en ciencia, por lo que pretendieron despojarla de sus relaciones con la literatura y dotarla en cambio de marcos teóricos y metodologías pertenecientes a las ciencias sociales en boga, de esa forma la historia adquirió aparentemente un grado de cientificidad y un lugar en el terreno de la ciencia. Esa tendencia se mantuvo en el siglo XX, la Escuela de los Annales y su “nueva historia” influyeron en el cambio del objeto de estudio: ya no serían los grandes hombres, sino las estructuras o las mentalidades; en la forma de escribir, se olvidaron las narraciones y aparecieron historias con un lenguaje técnico, con cuadros y gráficas que la volvían más crítica y científica. Se daban pasos hacía una historia científica, sin embargo, esa idea no era compartida del todo por considerar que esa nueva historia abandonaba la tradición humanista de la narrativa. “El desencanto de muchos estudiosos ante las limitaciones impuestas por los métodos de las ciencias sociales trajo consigo una re-evaluación positiva de la teoría narrativa, al buscar caminos para escapar al enfoque de las “ciencias sociales”.”[3]

Sin embargo, a finales de 1980, cuando buena parte de los historiadores consideraban a las ciencias sociales en un estado de “crisis” y con ello los postulados adoptados de ellas para la historia, decidieron desplazar sus objetos de estudio y uso de fuentes para tratarlo, lo que repercutió en un cambio en sus paradigmas y acercamientos con otras disciplinas como la crítica literaria.[4] En ese nuevo cambio, la historia optó por estudiar la cultura, las tradiciones, las mentalidades, las identidades, los tiros, las creencias y representaciones. Por lo que el uso de las fuentes tradicionales para la historia ya no ayudaba a resolver los nuevos problemas. Gracias al esfuerzo intelectual y la gran capacidad de adaptación de los historiadores, la historia comenzó a tomar como objeto al libro al mismo tiempo que iniciaba trabajos para considerar a la novela como fuente para sus investigaciones, por ser una representación de una realidad pasada inmersa en un contexto especifico. En este punto la novela resulta de interés para la historia en la medida que le permite construir las representaciones que un autor desde un sitio en particular hacia de su realidad y cómo ésta era apropiada por sus lectores en los diferentes estratos de la sociedad.

La posibilidad de una nueva interpretación del pasado

Michael De Certeau se encargó de terminar por destruir el paradigma científico de la historia al historizar a la propia historiografía y descubrir la misma búsqueda de verosimilitud que existe en la novela en el relato histórico, sólo que de otra forma, si la novela se sostiene en la descripción de espacio y personajes, el relato histórico lo hace en las fuentes reales que de la realidad obtiene y presenta para cerciorarse, primeramente así mismo y después al lector, que lo que informa es verdadero.[5] Asimismo, pone en evidencia a la institución desde donde el historiador escribe, por lo tanto, lo coloca dentro de un contexto de relaciones de poder en el cual los productos, llámase relatos históricos, tienen una intención de provocar una reacción específica en el lector.[6]

El historiador una vez que ha dejado a un lado sus pretensiones de científico, está frente al reto de entender su oficio en este momento en el que la historia ya no es del todo aquella científica de los últimos dos siglos, asimismo tiene que sortear el peligro de no reducir la realidad y el conocimiento del pasado a la existencia dentro de un texto en donde encuentra validez en sí misma independientemente de la realidad material de la que habla, pertenece y desde donde fue producida. Los textos se consideran, según Chartier “desde una lectura cultural que nos recuerda que las formas que adquieren para leerse, escucharse o verse, participan, ellas también, en la construcción de su significado.”[7]

Una vez más, los claroscuros nos obligan a caminar con detenimiento, a cuidar nuestros relatos y las interpretaciones que hacemos del pasado en ellos, así como a situar nuestros relatos en una compleja red de intereses que posibilitan su publicación o no. Una vez conscientes de estos dos puntos, una buena pregunta que se antoja es: ¿Cómo puede hacer uso de la novela el historiador en su investigación y cómo ésta le puede ayudar a producir nuevas interpretaciones que tengan la posibilidad de hacerse de un público de lectores mayor y que trasciende el ámbito académico?

Reflexiones finales

El historiador hace uso de la narrativa y la descripción, como el novelista, para hilar y darle orden a su relato y poder conducir al lector por entre sus ideas y reflexiones. Una historia bien contada permitirá tener un grupo de lectores más amplios y no sólo los que quedan dentro del círculo académico. El historiador como producto histórico está inmerso en un presente al que pretende dotar de sentido con respecto a su pasado. Los problemas y objetos de estudio que el historiador aborda responden a necesidades del propio presentes.

La relación historia-novela no plantea una historia que exista solo en lo escrito sin ninguna relación directa con el mundo material que informa, por el contrario, permite una articulación entre la narrativa y la investigación, en la medida que la narrativa ordena, da los recursos para comunicar los resultados de la investigación. Un nuevo reto más para el historiador de esta relación sacada a la luz es la obligación que tienen de volver a hablar el mismo lenguaje de la sociedad, a donde se debe buscar que el producto de nuestras investigaciones pueda llegar y no sólo quedarse en el tintero o en el aplauso de los miembros de la institución que con su aceptación satisface y detiene las posibilidades de hacerse escuchar.

Por último, quiero aclarar que en ningún momento estoy proponiendo la idea de que los historiadores deberían de volcarse a escribir novela histórica con la finalidad de conseguir un público mayor de lectores. Si no que trato de poner en la mesa de la discusión nuestro propio trabajo y poner énfasis en la distancia que separan a nuestros textos de los lectores no académicos y la carrera que han iniciado desde la literatura los novelistas por escribir novelas históricas que llegan a un público más amplio presentando interpretaciones históricas que en el peor de los casos no descansan en un trabajo de investigación. Por lo tanto, presento, a manera de sugerencia, una nueva adaptación al contexto, una apropiación de la narrativa en la historia que la vuelva más humana y nos permita ser leídos por la sociedad, en la medida que lo logremos tendremos la oportunidad de que los resultados de nuestras investigaciones sean útiles y apropiados por la sociedad.

Bibliografía

Bloch H, Avital. Política, pensamiento e historiografía en Estados Unidos contemporáneos. México: Universidad de Colima, 2005.
Chartier, Roger. El mundo como representación. Barcelona: Gedisa, 1999.
_____. El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito. México: Universidad Iberoamericana, 2005.
De Certeau, Michael. Historia y literatura. Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción. México: Universidad Iberoamericana, 2003.
_____. Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción. México: Universidad Iberoamericana, 2003.
Del Paso, Fernando. Noticias del imperio. México: Punto de lectura, 2008.

* Licenciatura en Historia, séptimo semestre, Seminario de Historia Cultural. Tijuana, Baja California, 2 de diciembre de 2008.
[1] Michael De Certeau, Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción (México: Universidad Iberoamericana, 2003); Michael De Certeau, Historia y literatura. Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción (México: Universidad Iberoamericana, 2003); Roger Chartier, El mundo como representación (Barcelona: Gedisa, 1999); Roger Chartier, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito (México: Universidad Iberoamericana, 2005); Avital H. Bloch, Política, pensamiento e historiografía en Estados Unidos contemporáneos (México: Universidad de Colima, 2005); Fernando Del Paso, Noticias del imperio (México: Punto de lectura, 2008).
[2] Michael De Certeau, Historia y Psicoanálisis, 59.
[3] Avital H. Bloch, Política, pensamiento e historiografía, 87.
[4] Roger Chartier, El mundo como representación, 46 – 47.
[5] Michael De Certeau, Historia y Psicoanálisis, 54.
[6] Ibid, 55.
[7] Roger Chartier, El presente del pasado, 26.

Cine, historia y memoria: La capacidad de representar y transformar.

Por Alejandra Ortiz Chacón*


La afirmación del cine como un documento histórico requiere una reflexión sobre sus alcances y formas de interpretación. Al mismo tiempo que interesa la manera en que el cine puede dar imagen a la memoria y crear referentes sobre el pasado transformando así la historia misma. Este ensayo pretende explorar este tema: el cine, la historia y la memoria. Los autores alrededor de los cuales se discutirá son Peter Burke, Roland Barthes, Marc Ferro y Beatriz Sarlo.[1]

El cine como fuente para la historia

El cine, al igual que otro tipo de testimonios no puede tomarse simplemente como reflejo de la realidad. Está inscrito en un contexto de producción y de recepción que repercute en su análisis e interpretación. La discusión en torno a este tipo de documento, viene desde la incorporación de nuevas fuentes en la Nouvelle Histoire de los Annales, pero ha sido desde la aparición del cinematógrafo que el tema ha estado sobre la mesa. En los escritos de Peter Burke, su estudio acerca del uso de las imágenes en la historia le permite plantear la utilidad de los filmes para comprender mejor el pasado. Pero advierte la necesidad de estudiar también a los que producen cine, es decir, a los directores, guionistas y en general a toda la empresa que les soporta. Ellos al fin de cuentas están contando una versión del pasado y es necesario conocer sus razones, motivaciones, perspectivas e ideas que buscan transmitir.[2] “…una historia filmada, lo mismo que una historia pintada o escrita, constituye un acto de interpretación.”[3]

Tal vez una de las causas por la cual existe cierta reticencia en considerar al cine como un testimonio legítimo se deba a la obviedad de muchas películas desprovistas de rigor histórico, pues su propósito es vender y hacer atractiva una ficción y no necesariamente reconstruir un pasado. Ahora bien, aún cuando una película no tenga como fin dejar un testimonio histórico, Marc Ferro nos muestra que una obra cinematográfica vale por lo que representa, por aquello que dice e incluso lo que calla.[4] A través de los ejemplos que él proporciona en su texto, podemos ver con claridad diferentes versiones sobre la revolución rusa sin que esto se haga evidente: la denuncia ante las injusticias y lo posible o imposible que podían ser los resultados esperados de la revolución según la ideología de sus directores.

Mientras que lo mencionado son tan sólo algunos alcances y presupuestos sobre el cine como documento histórico, cabe incluir una de las propuestas interpretativas para su uso en la historia. Este tema lo aborda Roland Barthes que si bien no nos dice la receta para tratar los filmes como fuentes, desarrolla una semiología de la imagen que recibimos a través del cine[5]. Lo interesante es que parte de la consideración del film como un mensaje, con sus respectivos significados y significantes. Sin un análisis de los significantes, que son siempre variados y heterogéneos, de sus significaciones y de la relación entre ambos términos que el director usa para desarrollar su obra de arte, la utilización del cine como documento sería muy carente. Es necesario aprender el lenguaje de la cinematografía y la misma cultura en la que se inscribe el material fílmico, pues los signos y sus representaciones varían de lugar a lugar y de industria a industria.

La relación entre el cine y la memoria


En un primer momento, podría parecer que el cine no tiene tanto que ver con la memoria como lo tiene la historia oral. Sin embargo, algo en lo que se relacionan estos conceptos radica, en un sentido, en el interés por comprender la vida cotidiana y reconstruir esa realidad. La memoria, cuando se recupera y se organiza nos da esa posibilidad,[6] y al mismo tiempo el cine permite un acceso a una vista del pasado, según la percepción de algunos y según su propia interpretación. Pero estas interpretaciones trascienden, pues dejan referentes en la memoria: el pasado se explica a partir de lo que hemos experimentado y visto, y mucho de lo visto ha sido a través del televisor o la pantalla grande.

Estos referentes pueden incluso llegar a ser revolucionarios, es decir, pueden producir un cambio. Burke nos pone un ejemplo de ello sobre algunas imágenes, como la de la toma de la Bastilla: “Estas imágenes fueron en cierto modo agentes históricos, pues no sólo guardaron la memoria de los acontecimientos, sino que además influyeron en la forma en que esos mismos acontecimientos fueron vistos en su época.”[7] Por lo tanto, aún cuando la iconografía sea ilusoria y pertenezca a la ficción, tiene el poder de desmitificar, de transformar, de dar identidad y de ayudar a la comprensión del pasado. El cine tiene esa facultad, y en torno a lo que se ha dicho sobre una película podría aplicar a muchas más: “…invita al espectador a conocer mejor las historias alternativas, y en ese proceso pone de manifiesto la capacidad que tiene el cine de desmitificar y despertar la conciencia del público.” Este mismo propósito tienen “los actos de memoria” y el testimonio, pues ante la situación actual pareciera que se erige una abismo cada vez mayor entre el presente y el pasado que amenaza con el olvido.[8] Es casi imposible, ante la cantidad de películas con estas temáticas, negar este tipo de observaciones, pues el verles y considerarles reconfigura nuestra comprensión de la vida, la historia y los acontecimientos.[9]

Reflexiones finales

Hacia el final de este ensayo creo importante aclarar que no pienso que todas las producciones cinematográficas puedan relacionarse directamente con el campo de la memoria y la historia. Sin embargo, el esfuerzo de estas reflexiones ha sido observar al cine como una fuente para el quehacer histórico y al mismo tiempo relacionarlo con la importancia de la memoria en las reconstrucciones sobre el pasado. Añadiendo el elemento del cine como un referente para la memoria social e individual y por lo tanto su recuperación. Esto se observa en las películas de corte histórico que ilustran la vida cotidiana, los lugares comunes y a toda la sociedad como posibles protagonistas, y son ellas las que tienen un alcance mayor que las producciones académicas con la envoltura de libros.

Por esta razón es que también mostré algunos de los alcances e interpretaciones de los films, pues será tan sólo con las consideraciones necesarias sobre los contextos de producción y recepción que se puede hacer uso de este tipo de documento. Concluyo afirmando que existen dos dimensiones para el cine tratados en este ensayo: el de su interpretación para la historia, y por otro lado, el de su trascendencia y relación con la memoria que transforma a la historia. Aún cuando desconozco si existen estudios concretos sobre la capacidad de agencia de estos productos históricos, considero que la adquisición de una conciencia, la creación de vínculos y la “imposición” de significaciones han transformado indudablemente a la sociedad y lo seguirán haciendo.

Bibliografía

Barthes, Roland. “El problema de significación en el cine”, La Torre Eiffel. Textos sobre la imagen. Barcelona: Paidós, 2001.
Burke, Peter. "De testigo a historiador”, Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico. Barcelona: Crítica, 2005.
_____. "Relatos Visuales”, Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico. Barcelona: Crítica, 2005.
Ferro, Marc. “El cine: un antianálisis de la sociedad”, Hacer Historia. Vol III Nuevos Temas. Barcelona: Laia, 2006.
Sarlo, Beatriz. “1. Tiempo pasado”, Tiempo pasado. Cultura de la memoria y el giro subjetivo. Una discusión. México: Siglo XXI, 2005.

* Licenciatura en Historia, séptimo semestre, Seminario de Historia Cultural, Tijuana, Baja California, 1ro de diciembre, 2008. utiliza el mismo tipo de fuente en todo el documento
[1] Roland Barthes, “El problema de significación en el cine”, La Torre Eiffel. Textos sobre la imagen, (Barcelona: Paidós, 2001); Peter Burke, Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico, (Barcelona: Crítica, 2005); Marc Ferro, “El cine: un contraanálisis de la sociedad”, Hacer Historia. Vol III Nuevos Temas, dir. por Jacques Le Goff y Pierre Nora (Barcelona: Laia, 2006); Beatriz Sarlo, “1. Tiempo pasado”, Tiempo pasado. Cultura de la memoria y el giro subjetivo. Una discusión, (México: Siglo XXI, 2005).
[2] Burke, “De testigo a historiador”, en Visto y no…, 201.
[3] Ibid., 202.
[4] Ferro, “El cine…”, , 246-247
[5] Barthes, “El problema de significación…”, , 27.
[6] Ibid.
[7] Burke, “Relatos visuales”, en Visto y no…, 183-4.
[8] Sarlo, “1. Tiempo pasado”, 24-25.
[9] Los títulos de algunas películas pueden ser: “El último rey de Scocia” sobre el terrorismo de estado y genocidio a cargo del dictador Idi Amin en Uganda , “Sophie Scholl” sobre la resistencia de jóvenes alemanes ante el régimen nazi, “Voces Inocentes” sobre la guerra civil en El Salvador, “Rojo Amanecer” sobre la matanza de estudiantes en el DF en 1968, “Hotel Ruanda” sobre el conflicto étnico y el genocidio en Ruanda, etc. procura no utilizar el etc, mejor entre otras.

El cine como documento histórico

Por Carlos Salas

Los diferentes puntos de vista que trataré de analizar, desde las diferentes perspectivas históricas, en la manera de narrar la historia, y el cine como parte de este análisis, constituyéndose el cine como otra manera de historiar, otro problema a analizar es cómo la historiografía se apoya en otras disciplinas y una de ellas el cine para tratar de narrar la historia por medio del cine. [Como preguntaba Marc Ferro:] “¿Será el cine un documento indeseable para el historiador? casi centenario, pero ignorado, ni siquiera cuenta entre las fuentes dejadas de lado. No entra en el universo mental del historiador”.[1]

El autor inicia cuestionándose cómo existe cierta renuencia de parte del historiador para no hacer uso del cine para, en este caso analizar la historia, ya que dice que el cine no había nacido, cuándo la historia contaba con un largo camino recorrido, ya tenía mucho tiempo perfeccionándose, dejando de narrar para explicar, aquí el autor se muestra escéptico con respecto a la validez del cine como fuente histórica, no dándole el crédito que hasta esa época no tenía. No así más adelante el autor aborda y se da cuenta de la necesidad de hacer uso del cine, así como de otras disciplinas para narrar y hacer historia.

Otras disciplinas para abordar la historia

La investigación histórica tiene varias maneras de abordar los acontecimientos históricos y en el siglo pasado inició con nuevos métodos de investigación por parte de la historia y ha modificado profundamente el procedimiento del historiador en su manera de abordar la historia. El historiador ha tenido que echar mano de otras disciplinas como: la economía, la sociología, la psicología, etc. y debe tomar en cuenta el estudio de las mentalidades. Por lo tanto podemos ver que desde estas perspectivas, las barreras que dividían las diferentes disciplinas se vuelven más flexibles. Así que prácticamente durante la tercera generación de la escuela de los Annales, los historiadores han ampliado sus perspectivas, hasta incluir en sus investigaciones no sólo las tendencias económicas, acontecimientos políticos y cuestiones sociales, sino también la historia de las mentalidades, historia de la sexualidad, historia material, la historia de la vida cotidiana, etc. No habrían podido llevar acabo sus investigaciones si se hubieran limitado a utilizar documentación, por lo general fuentes escritas guardadas en archivos.

Así que desde esa época, podemos ver que los historiadores no únicamente utilizan fuentes escritas, sino también fuentes orales, y todo artefacto, obra o creación hecha por el hombre para poder acercarse y poder darle una nueva interpretación del pasado por medio de otras fuentes. Pero por un lado y aun con la importancia del nacimiento del cine en el siglo XX, puedo analizar que muy pocos historiadores se apoyan de los filmes, para poder darle otra interpretación a la historia evocando una época anterior que el investigador puede hacer uso de la misma para enriquecer su trabajo historiográfico. Yo puedo ver que el cine se presenta como una nueva manera de ver la historia que por medio de imágenes, sonidos y sin que exista únicamente imágenes, el historiador que cuenta la historia nos puede trasladar al pasado histórico de los pueblos y de las diferentes culturas. En este sentido Marc Ferro comenta, "por lo que atañe al cine, y a otras fuentes tampoco escritas, creemos que no se trata de incapacidad ni de retraso, sino de ceguera o de rechazo inconsciente que procede de causas más complejas".[2]


El cine como herramienta para el historiador

El cine como una herramienta muy importante e útil para, en este caso el historiador, "no es un accidente, es algo central en un siglo que sería diferente si este no hubiera existido, los historiadores se sirven, para interpretar el pasado, de las huellas que éste les ha dejado. Se trata, en la mayoría de los casos, de documentos escritos; sin embargo, algunos objetos cotidianos, herramientas, dibujos y también películas son marcas de una época anterior que el investigador puede usar. Los historiadores que se involucran sin preparación en el estudio de las obras cinematográficas interrogan documentales o noticias filmadas, seguros de que ahí van a encontrar datos precisos y de que, en cierto modo, van a ver ante sus ojos el desarrollo de momentos históricos".[3]

La creación del cine apareció como un progreso científico en el siglo pasado, sin embargo hoy en día sigue teniendo esa función inicial, como por ejemplo en la rama de la medicina o en la institución militar para identificar armas enemigas. Aunque el cine, se convirtió en producción artística, intervienen los pioneros en los filmes, documentales o de ficción, y ya desde un comienzo, la cinematografía, fue pretexto de representación, educación y glorificación. Por medio del cine la figura de un personaje lo pueden convertir en un héroe o en un villano.

El cine como reconstitución histórica

Sin embargo como los dirigentes de la sociedad se dieron cuenta del poder de las imágenes y advirtieron cual podía ser la función que desempeñaría el cine trataron de apropiárselo y ponerlo a su servicio. Marc Ferro en relación a esto, comenta "la diferencia se sitúan aquí a nivel de las tomas de conciencia, no de las ideologías: y es que los dirigentes (…) desean la subordinación del cine",[4] pero el cine exige su propia autonomía, con muchas dificultades algunos cineastas establecieron total independencia con respeto a las ideologías dominantes, y se mantuvieron firmes en sus autonomías, y de esta manera logran producir películas totalmente independientes.

Sin embargo a pesar de lo anterior algunos cineastas sucumben ante las ideologías dominantes y por otro lado, un número reducido, que ejerce autonomía propia. Ambos grupos crean obras que contienen fuentes objetivas, o mejor dicho, puede convertirse en esa fuente objetiva para el entendimiento de las sociedades pretéritas. De igual forma, sucede con los distintos tipos de películas, aquellas de "reconstitución histórica", "ficción histórica" y "reconstrucción histórica".[5] Sin embargo las películas producidas sobre el pasado reciente (que Ferro denominó de "reconstitución histórica") evocan mejor o peor, pero con clara voluntad historiográfica, los filmes realizados en su propio periodo (llamado de "reconstrucción" según los términos de Marc Ferro), poseen un valor socio-antropológico que, con el paso del tiempo, cobrara verdadera importancia como documento histórico. La razón es obvia: tales filmes muestran el hoy o el ayer de los hombres y las mujeres de una determinada época, retratan a la gente, su modo de vivir, sentir, comportarse, vestir e incluso de hablar, así como en algunas podrían mostrar los inmuebles de determina época.

Por lo tanto, podemos analizar que las películas que reconstituyen el pasado, según Pierre Sorlin, nos hablan más de cómo era o es la sociedad que las ha realizado, de su contexto, que del hecho histórico o referente que intentan evocar. Por ejemplo, La Marsellesa, de Jean Renoir (1937), clarifica más cómo era la gente del Frente Popular galo que lo que realmente fue la Revolución Francesa. Mientras la también magistral obra de Rohmer La inglesa y el duque (2001) viene a ser una lectura «revisionista» del hecho revolucionario en base a las memorias de una aristócrata de la revolución francesa, de esta manera por medio del cine ambas películas nos aproximan a la Revolución Francesa de una manera acaso con mayor fuerza que los libros o los documentos históricos, porque nos hace ver y sentir muy de cerca las vivencias, en este caso de de sus protagonistas.

El filme como valor histórico

El valor histórico del filme, es muy importante en las películas en este caso históricas, el cine como documento o testimonio histórico, incluyendo el cine propagandístico y los distintos tipos de películas ya mencionadas. Todos son considerados como documentos históricos, y a la vez son testimonios y testigos de la historia y de ahí su importancia para la investigación histórica.

Sociológicamente, Pierre Sorlin centra su reflexión en la capacidad del cine para reflejar elementos propios de una determinada sociedad. El cine como retransmisor de ideologías, así como los filmes que reconstituyen el pasado, nos habla mas de cómo era o es la sociedad que las ha realizado, que del hecho histórico que intenta evocar. De acuerdo con la propuesta de Sorlin "el film pone en escena el mundo, y al hacerlo es uno de los lugares en que constantemente cobra forma la ideología (…) La tarea del investigador es la de definir según que reglas se transforma el mundo en imágenes sonorizadas".[6]

Nos dice Sorlin, que un film contiene una gran cantidad de ideas destinadas al público y se les tramite a través de la pantalla mediante imágenes que forman parte de un imaginario común. Pierre Sorlin lo plantea de la siguiente manera:

“El cine transmite representaciones y esquemas sociales; corta fragmentos del mundo exterior, que constituye en unidades continuas, los filmes, que impone al público. Cualquiera que sea el periodo considerado, la investigación histórica debe concentrarse, en primer lugar, en los medios utilizados para alcanzar al público; dicho de otro modo, en la legibilidad. ¿Cuáles son los procedimientos de exposición admitidos, tolerados, reprobados? ¿Qué convenciones forman unanimidad y qué otras pasan por aberrantes o revolucionarias? ¿Cómo aborda el cine al universo sensible, siguiendo qué reglas lo divide, cómo encadena las imágenes y los sonidos, qué coherencia busca?”[7]

Entonces el cine es una obra comunicativa en el cual se establece una serie de imaginarios comunes que en su conjunto, el film completo, representa un modo de pensar, una ideología o una mentalidad. Nos dice Ferro que un film es un testimonio.

Desde la perspectiva histórica, Marc Ferro, es quien ha creado uno de los modelos de análisis más completos. El análisis de Ferro consta de cómo el cine representa la realidad: a través de los contenidos, a través del estilo, a través de la actuación de la sociedad y a través de la lectura que se haga de él. En tanto a los diferentes tipos de filme, Marc Ferro propone tres, la de reconstitución histórica, ficción histórica y reconstrucción histórica, cada una entendida y analizada de distinta forma para su interpretación histórica.

Ferro sostiene que "las películas (o la novela), más que la historia de los historiadores, revela los lapsus y silencios sociales, el imaginario de la sociedad y el impacto de la Historia sobre cada uno de nosotros…"[8], habla de la importancia del cine para el mejor entendimiento de las sociedades pasadas. Y termina diciendo "el cine ayuda a entender la historia, es cierto, siempre y cuando no le haga pantalla".

Otro de los autores que han mostrado su interés en el cine como documento histórico es, Peter Burke, en su libro Visto y no visto en donde estudia el testimonio del cine como "lenguaje de la imagen en movimiento" que posea sus propios códigos narrativos y representa un potencial histórico único que puede recrear historias del pasado con mucho valor. Ya que la imagen muchas de las veces dice más que mil palabras.

Burke nos plantea problemas de método que nos ayudan ha interpretar acertadamente las imágenes. El psicoanálisis, el estructuralismo y el post-estructuralismo son presentados como enfoques para lograr ese fin. Encontrar la regla general que se pueda aplicar para el estudio y la interpretación de las imágenes sin riesgo a equivocarse.

Así también, las reflexiones de Roger Chartier con respecto al mundo de la lectura, plantea que hay que recordar que el filme se presenta como una determinada materialidad, en donde se puede estudiar los contenidos intelectuales, culturales, hasta el trabajo personal y colectivo de la realización, su presentación y la recepción al público que lo consume.

Conclusión

En conclusión la gran ventaja del material audiovisual radica en su capacidad de guardar imágenes y mensajes. Esto es que podemos guardar cultura producida en otro momento histórico y en otro contexto social. Que sin embargo cuando en especial se habla del cine, se introduce toda una serie de peculiaridades específicas. Los filmes, como cualquier otra realización humana, no puede menos que reflejar la mentalidad de los hombres que la produjeron y de la época en que viven, además de tener la capacidad de plasmar las aspiraciones, deseos y características de una sociedad a lo largo del tiempo y reflejar en sus argumentos problemas y cambios políticos que determinan la historia de un determinado país.

Si se estudiara y preservara la memoria filmada, y en esto se incluyeran largometrajes, cortometrajes y documentales, podría de alguna manera ayudar a dar más luces sobre la historia política, social y cultural del siglo XX. La historiografía puede apoyarse en el cine para preservar la memoria y darle un nuevo enfoque a la historia por medio de imágenes, sonidos y formas, yo pienso que desde que apareció el cine podemos ver y entender la historia de otra manera. El cine podemos ver que con algunas fallas, es parte importante de la historia y se constituye como el vehículo para narrar la historia por medio de imágenes, de la memoria, de representaciones y de formas históricas. Podemos ver también que el cine es una herramienta para el historiador muy importante si este deja de un lado sus complejos con respecto de ver al cine como una manera de historiar la historia.

Bibliografía

Burke, Peter. Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico critica, España, 2001.
Chartier, Roger. El mundo como representación. Estudio sobre historia cultural. Barcelona: Gedisa editorial, 2005.
Ferro, Marc. “¿el cine un contraanálisis de la sociedad?”.
____. Cine e Historia. Barcelona: Gustavo Gili, 1980
Sorlin, Pierre. Sociología del cine. La apertura para la historia del mañana. México: FCE, 1985.

[1] Marc Ferro, “¿El cine un contraanálisis de la sociedad?”, 241.
[2] Marc Ferro, Cine e Historia. (Barcelona: Gustavo Gili, 1980), 20. En este tipo de documentación, Chicago, en las notas se pone primero el nombre del autor y después el apellido. Mientras que en la bibliografía se pone primero el apellido y después el nombre.
[3] Pierre Sorlin, Sociología del cine. La apertura para la historia del mañana. (México, Fondo de Cultura Económica, 1977. Reeditado en 1985), 20.
[4] Ibid, 21.
[5] Ferro, , aquí debes indicar las primeras tres palabras del texto citado, pues ya lo mencionaste antes. No sé a cual te refieres, pues tienes dos referencias de este autor.op. cit., p. 12.
[6] Pierre Sorlin, Sociología del cine. La apertura para la historia del mañana (México: FCE, 1985), 245.
[7] Sorlin, poner las tres primeras palabras del texto cuando es la segunda vez que se menciona y en adelante, 252.
[8] Ibid., 187.

2 de diciembre de 2008

El descubrimiento de América, de Tzvetan Todorov.

Comentario por Sarai Espinoza
“El descubrimiento de América”
Tzvetan Todorov nació en Sofía, Bulgaria el 1 de marzo de 1939, desarrollando gran parte de su vida dentro de la Bulgaria comunista. Todorov tiene entre sus habilidades el ser lingüista, historiador, filósofo, semiólogo, crítico y teórico literario.

En una primera etapa, inicia su formación académica en la Universidad de Sofía en el año de 1963 donde estudia filología eslava con maestros reconocidos como Roman Jakobson. Para 1963 cambia su residencia a Francia, en donde se relaciona con personajes del nivel de Rolando Barthes y Gérard Genette; además del lado filosófico tiene la influencia de Jean-Jacques Rousseau. Todorov se doctoró en 1966 con la tesis sobre “Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos” (publicada con el título Literatura y significación, 1967) bajo la dirección de Roland Barthes, de ahí la relevancia de este último en la vida y obra de Todorov.

Todorov se define como un hombre desplazado, hecho que se relaciona con el periodo que le toca vivir y cambio de residencia a París. Algunos de los temas que se manejan en sus textos son: la verdad, el mal, la justicia, la memoria, el desarraigo, el encuentro de culturas (se observa a través del capítulo “El descubrimiento de América” con la relación español-indígenas), y las democracias modernas.

Su amor por la literatura lo lleva a atravesar fronteras, saltar barreras, unir ámbitos en apariencia inconciliables, ya se trate de lenguas, culturas o disciplinas.[1]Es innegable la influencia de la literatura en la composición narrativa del autor, inclusive en el capítulo El descubrimiento de América se pueden observar el excelente manejo que Todorov tiene del lenguaje. Uno de los aportes más importantes que realiza a la teoría literaria fue la definición que hace de lo fantástico, señalando que es un espacio de equilibrio entre lo extraño y lo maravilloso publicada en Introducción a la literatura fantástica ,1970.

A pesar de que inicia como representante del estructuralismo con el paso del tiempo fue cambiando sus temas de interés hacia el análisis cultural y la historia de las ideas. De su obra teórica destaca la difusión del pensamiento de los formalistas rusos; en sus temas de estudio destacan los temas de la conquista de América, y los campos de concentración tanto nazis como de la Rusia estalinista.[2]

Algunas de sus obras más importantes son: Teoría de la literatura, textos de los formalistas rusos 1966, Introducción a la literatura fantástica 1970, Simbolismos e interpretación 1978, Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX 2000, La conquista de América, la cuestión del otro, 2001.

En el capítulo “Descubrir” Todorov realiza un análisis, construcción e interpretación de un personaje a través de las representaciones. Representaciones que se centran en la explicación o significación de ciertas palabras e imágenes. Además aborda uno de los temas más interesantes, debatidos e investigados de la historia, como lo es la conquista de América.

Todorov “facilita” la lectura de su capitulo al plantear todos aquellos elementos que lo integran y que a la postre explicará. A manera de introducción comienza por señalar el “problema del otro”, siendo éste una representación de algo diferente con particularidades pero que a la vez se complemente o es parecido a mí. Además parte su trabajo con una frase que de alguna manera representa a él y a su capítulo, “el presente me importa más que el pasado”. Para Todorov la construcción del pasado sería una señal de lo que queremos concebir o conformar en nuestro presente.

Aparte de señalar el problema del otro, ejemplifica la forma en que abordará su tema, a través de resúmenes, escenas visiones de conjunto que se pueden relacionar con la hermenéutica. También nos presenta las estructuras que forman su capítulo como los son: las unidades de tiempo, acción y lugar. Por último la justificación que lo lleva a este estudio es primero, la descripción que hace del mismo como moralista y, en segundo termino el hecho de que para Todorov el descubrimiento de América “es el encuentro más asombroso de nuestra historia” (Todorov , 14-15).

Dentro de la introducción del capítulo, Todorov inicia la construcción de Cristóbal Colón, y de su percepción acerca de los Otros. Se observan elementos figurativos personaje traducido en su relación con la naturaleza; y la forma en que su percepción del indígena forma parte de una imagen particular de su persona.

En Colón Hermeneuta el autor desentraña aquellas representaciones que forman parte de la narrativa e ideología del autor. En el ámbito de las representaciones encontramos que Colón comparte tres esferas del mundo: el humano, el divino y la naturaleza (Ibíd.,23). Gran parte de sus relatos e interpretaciones se determinan por estos tres elementos; lo divino se relaciona a su religiosidad, lo humano a él, así como la naturaleza integra su definición primordial de todo lo que lo rodea. Sin embargo podemos observar que muchas de sus interpretaciones se determinan, de alguna manera, por su bagaje cultural; como es el caso de las constantes explicaciones que nos transportan a personajes como Marco Polo o de
Plinio.

Dentro de la interpretación que hace de las imágenes, muchas de ellas se vinculan a los deseos primordiales de Colón. La naturaleza lo transporta a un mundo más allá de lo terrenal, es decir encaminadas a situaciones divinas o fantásticas. Los términos de playas o montañas hermosas están encaminados al deseo interminable de la búsqueda y obtención de oro. Oro que de cierta forma contribuye o es parte de ese “deseo” imperante de financiar o dirigir una cruzada. Inclusive el autor se aventura a hacer una interpretación del nombre de Colón, cuyos significados se asemejan a su forma de actuar, relacionarse e inclusive a se carácter de conquistador.

En Colón y los indios se rescatan aquellos elementos que estructuran la concepción que Colón tenia del indígena. Todorov hace énfasis en señalar la relación que Colón establece entre naturaleza e indígenas. El indígena ya sea individual o colectivamente, es igualado a la naturaleza, porque en cierto sentido la naturaleza refleja la necesidad de explorarse, “protegerse” y orientar u ocasionar su crecimiento.

Por otro es precisamente en Colón y los indios donde Todorov comienza a utilizar términos como: desnudez espiritual, cultura espiritual, identidad cultural y culturalmente vírgenes. Lo anterior en aras del nulo conocimiento y apreciación que los indios tienen de la cultura, así como de las formas apropiadas de desarrollarse en un medio social.

Este capítulo estudia de forma relevante y amena uno de los momentos más importantes de América, como lo es su descubrimiento; sin embargo este no será el tema primordial de Todorov. Para Todorov mediante el uso de las imágenes, representaciones y lenguaje se puede construir-describir el pensamiento de un individuo. Por otro lado resulta interesante la forma en que el autor va intercalando los diálogos y las citas, hecho que refleja las influencias literarias y filosóficas que tiene. Además se puede observar desde otra perspectiva este personaje (Cristóbal Colón) cuya formación se da a partir de él mismo, gracias a sus cartas.

Por otro lado Todorov nos lleva a comprender los fenómenos históricos bajo una forma diferente, basada en las representaciones, imágenes y diálogos. Debido a lo anterior, considero que Todorov de alguna manera se encuentra dentro de un proceso reinventivo en la escritura de la historia. Donde las visiones ya no son planas o estáticas sino que se encuentran en constante evolución, tanto en la forma de concebir como de explicar y abordar a la historia.

[1] Fundación Príncipe de Asturias, “Tzvetan Todorov”, http://www.fundacionprincipedeasturias.org/esp/04/premiados/trayectorias/trayectoria843.html, (acceso noviembre 07, 2008)
[2] Fava Paolo, “Tzvetan Todorov y la literatura fantástica”, Papel en blanco, junio 26, 2008, http://www.papelenblanco.com/2008/06/26-tzvetan-todorov-y-la-literatura-fantastica, (acceso noviembre 07, 2008)

Salir, de Michelle Perrot.

Comentario por Sarai Espinoza.


"Salir".

En el capítulo “Salir” Michelle Perrot realiza un estudio acerca de las transformaciones de las que fueron objeto las mujeres durante el siglo XIX. Sobre todo hace referencia a las mujeres europeas y norteamericanas que como el titulo mismo lo dice, modificaron sus estructuras y su desarrollo como miembro activo de la sociedad; en su mayoría una sociedad determinada por la masculinidad. Es decir, la mujer dejó de tener una imagen inerte, vacía y determinada para encaminarse a otra clase de percepción inclusive de sí misma.

Perrot parte su investigación desde la ciudad, debido a que esta estructura se convierte en el primer eje de “liberación” de las mujeres. Uno de los primeros medios para desenvolver en el ámbito citadino fue la caridad. Mediante la caridad las mujeres podían visitar enfermos, cárceles, pobres, etc., situación que les permitía moverse constantemente de sitios con el fin de colaborar con el prójimo (Michelle Perrot, 156).

Las mujeres, según Perrot, no tendrían que esperar ningún beneficio a cambio de la caridad, el simple hecho de contribuir con la ciudad a través de este medio las llevaba -de alguna manera- tener beneficios personales. Gracias a la caridad las mujeres pudieron construir una imagen particular de su sociedad, modificar su percepción acerca de ellas mismas y, sobre todo vincularse más rápidamente con su entorno social. Por otro lado Perrot señala que “la filantropía deja de ser solo filantropía para convertirse en trabajo social”; siendo esta una posible primera forma de insertarse en las formas laborales de la época.

Sin embargo la filantropía no se manejaba igualitariamente en todas las esferas sociales, debido a que la experiencia que les pudiese dejar a unas u otras era completamente distinta. Por un lado a las mujeres burguesas les brindó la posibilidad de desarrollarse en otras áreas como la administrativa, financiera, de la comunicación, entre otras. Sin embargo en un mundo dominado por hombres, el ascender en esa clase de puestos era complicado, casi imposible, hecho que llevó a que se planteara la posibilidad de obtener reconocimiento académico-profesional con vistas a figurar dentro de una escala social determinada y ejecutada por el sexo opuesto(Ibíd., 160) .

Esta inserción de la mujer en sociedad se puede ver reflejada en el aspecto laboral, sobre todo con las obreras. Las obreras comienzan a constituir una fuerza de trabajo importante, inclusive con la capacidad como para generar sus propios sindicatos y efectuar huelgas. Además la misma época, de alguna forma, exige que las mujeres trabajen no solo para participar en el hogar sino también para formar sus propios espacios de pertenencia y crecimiento (Ibíd., 165).
Otro de los temas que desarrolla Perrot, se centra en la implicación del espacio: migraciones y viajes. ¿Por qué podrían ser relevantes los viajes y las migraciones en el desarrollo de las mujeres?, ¿Pudo llevar este hecho a la construcción de una “nueva” femineidad, más libre, más capaz, mas visionaria? Estas dos preguntas nos llevan a una problemática interesante, primero comprender que relevancia tiene el conocer y segundo, si esto último realmente contribuyó a la formación social, política y cultural de la mujer.

De alguna forma el que las mujeres tuvieran durante el siglo XIX la oportunidad de conocer diversas formas sociales, de interacción humana, religiosas, etc., contribuye a modificar su estructura de lo ya conocido para interactuar en eso “nuevo” que ahora le genera interés (Ibíd., 169). Por otro lado el dar por hecho que se concibe o construye una nueva mujer, es posible e “imposible” a la vez. Es posible para aquellas mujeres que tienen la capacidad de viajar y relacionarse laboral o socialmente, y resulta imposible para aquellas que viven bajo el yugo de llevar una casa, una familia y un marido. Aunque me resulta fundamental señalar que el simple hecho de relacionarte con alguien ajeno a ti, permite que concibas las imágenes, las personas e inclusive el mundo de otra forma.

Otra de las cuestiones que aborda la autora es la participación que tuvieron las mujeres en las luchas de independencia nacional y en las revoluciones. Ya no fueron solo espectadores sino que contribuyeron activamente a sus países mediante la enfermería, cocineras, unas pocas con las armas (caso de Grecia), y otras con la palabra. Este hecho de alguna manera rompe con el esquema convencional de la mujer como imagen tranquila, hogareña, etc.

Por último la palabra “Salir” en este capítulo refleja el cambio estructural que hubo en las mujeres. Salir no sería sólo dejar el hogar, viajar, trabajar, salir representaba la idea de modificar la relación hombre-mujer, pero sobre todo cambiar la relación mujer-sociedad ya no sólo como creadora de hogares sino también como ser pensante, activo e individual.