Mostrando entradas con la etiqueta Jose Antonio Altamirano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jose Antonio Altamirano. Mostrar todas las entradas

8 de junio de 2009

“NUNCA MAS NUNCA”

Por José Antonio Alramirano

Es más importante

entender que recordar,

aunque para entender sea

preciso, también, recordar”

Susan Sontag

El tiempo es ineludible, impostergable e irrenunciable. El tiempo pasado es un perseguidor contumaz del presente, siempre está acechando en una actitud de rendición de cuentas. La historia como ciencia de los hechos del pasado es una herramienta necesaria para la humanidad, le permite encontrarse y re-encontrarse consigo misma, como dijo Huizinga “historia es la forma espiritual que una cultura se rinde cuentas de su pasado” (Huizinga, 1977:95). Dicho rendimiento de cuentas significa un enfrentamiento con lo que se ha sido y con lo que se dejó de ser, con lo que se hizo y con lo que se dejó de hacer; es decir un careo con la dicotomía esencia-trascendencia. Este ejercicio de fiscalización cultural puede traer consigo el riesgo de bordear la frontera de la fantasmagórica historia contrafactual, la cual se caracteriza por emitir lamentaciones a partir de la expresión: “si hubiera…”.

La historia existe (¿o los historiadores?) y eso la vuelve objetiva[2] y, por lo tanto, blanco de comunicación, análisis, reflexión, evaluación y calificación. Desde esta perspectiva no se puede soslayar el señalamiento de lo oportuno y/o adecuado, así como de lo errado en las acciones de los sujetos de la historia de acuerdo a las circunstancias contextuales en las cuales operaron. La tarea, entonces, de los encargados de difundir la historia se vuelve harto compleja y, en múltiples ocasiones, incomprendida. Esto es debido a que sus textos de difusión siempre encontrarán mentes acuciosas que llegan a rayar en el escepticismo y hasta la descalificación, razón por la cual, y ello sin demérito del rigor metodológico, la aceptación o rechazo descansará tanto en la ideología como en el ánimo de los receptores/lectores. Por otro lado, también enfrentará la oposición ideológica de parte los promotores de la historia oficialista, el Estado y sus intelectuales orgánicos.

Cuando la difusión y divulgación de la historia se enfrentan a obstáculos como los anteriores, surge la necesidad de que se opere en su estructura epistemológica una transformación conceptual y metodológica. En las últimas décadas hemos asistido a presenciar parte de esa transformación en la forma de las nuevas especialidades de la disciplina. Una de ellas, fundamental en este proceso, es la Historia Cultural[3] la cual facilita la comprensión de procesos “desde abajo”.

+ Tiempo Pasado

Primeramente, Sarlo hace una distinción conceptual entre Historia y Memoria y hace énfasis en el carácter diferenciado que existe entre ambos términos aún cuando estén estrechamente relacionados. La memoria es un intento de reivindicación, un grito de denuncia, sobre todo de los grupos que han sido víctimas de la invisibilización por las ideologías oficialistas, dentro de estos grupos destacan las mujeres, quienes han sido de las víctimas mas –paradójicamente, notorias de estos retrógrados procesos. La historia, por su lado, es la ciencia que da cuenta de los hechos trascendentes (¿según quién?) del pasado remoto-cercano; en esta perspectiva se le concede una función de recuento informativo, con amplias posibilidades hermenéuticas y pocas reivindicativas mas allá del discurso oficialista oportunista.

En esa inteligencia, el pasado que es objeto de la cultura de la memoria es inocultable, siempre va a estar retornando al presente, es un flujo memorístico incesante de hechos lacerantes con el propósito de no participar en “el olvido indeseable” (Sarlo, 2005: 26). Ni el más enconado intento de exterminio podrá desaparecerlo aunque, aparentemente, desaparezcan a sus protagonistas. Se practica, vergonzosamente, el “levantamiento sigiloso” de hechos contristantes, con la colaboración de poderes sociales; sin embargo, la memoria pervive y con ella las razones de los hechos y las motivaciones de los participantes. La estela de desolación que ha dejado esa práctica en los pueblos latinoamericanos, ha sido humillante y ha marcado indeleblemente las identidades colectivas. De ahí la importancia de la consideración, no solo del recuerdo sino de su reclamo con tintes de ajuste de cuentas, si ya no judicial, sino moral, histórico y teleológico: la ideología del nunca mas.

A través de las etapas corrientes del desarrollo de la ciencia histórica, se han ido dando diversos momentos que han determinado, tanto el objeto de estudio como su contextualización metodológica. En décadas recientes, el aparente conflicto radicó en los enfoques ideológicos y temporales, por una lado el “recientismo”; en el cual los investigadores mostraban una fascinación por los eventos cercanos, tanto en su ontología como en su teleología. Y por otro la llamada “auto-arqueologización”, caracterizada por un retorno cuasi-romántico, por los tópicos lejanos con mas fines académicos y comentativos[4] (disculpas por el intento de neologismo) entre especialistas, incluso hasta en ambientes con cierto carácter tertuliano, dichas perspectivas entraron en un estira y afloja teórico-epistemológico.

Con la irrupción de la nueva vertiente historiográfica, devino una diversificación temática en las investigaciones, ello incluyó el aumento en la tendencia a la aproximación a las historias de vida; es decir, la historia se personaliza. Esta personalización no es una re-edición de las microhistorias, sino el rescate de lo cotidiano para hacerlo evidente, visible y, por lo tanto, evaluativo. Se da así la transición metodológica de la historia oral a la memoria histórica, al otorgar validez a los testimonios de reconstrucción y ajustes con el pasado reciente. Es, como se decía líneas arriba, una demanda colectiva de justicia histórica. Esta transición, incluso, empezó a recibir el visto bueno de las esferas gubernamentales, cuando empezaron a promoverse en esa sociedades agraviadas las llamadas “comisiones de la verdad”. Las cuales, en el sentido del texto de marras, intentan desarrollar una labor de convencimiento ideológico, buscando “dar vuelta a la hoja”, sobre esto volveré líneas adelante.

+ VISTAS DEL PASADO

El pasado desarrolla una labor de sabueso infatigable, es un perseguidor ideológico del presente, al que no da tregua. En dicha persecución la hermenéutica va a jugar un papel fundamental, porque la reconstrucción de ese pasado ineludible debe lograrse mediante la correcta articulación de las reglas del método histórico, aderezada con el estilo del investigador que le permita ofrecer todo un producto artesanal histórico. Porque el historiador está supeditado a todo su bagaje teórico-metodológico así como a la funcionalidad de su labor en el concierto científico local e incluso global. Por su parte la historia de circulación masiva es menos rígida, metodológicamente hablando, y no por ella deleznable o con falta de seriedad o verosimilitud. Tiene un carácter relatista para sustentar su perspectiva teleológica. En este sentido, mas que hipótesis lo que prima son las certezas, las cuales satisfacen de manera adecuada las interrogantes populares respecto a los acontecimientos lacerantes que hubieran alterado la cohesión social. Es parte sustancial de esa migración metodológica mencionada antes, no se busca teorizar con los elementos clásicos de las hipótesis, sino justificar las razones de los reclamos. Por lo tanto, el elemento adelantador en la historia de circulación masiva en relación a la académica es su alto grado de legitimación que le concede el público receptor; es una historia pensada en los lectores y no solo en los historiadores. Este es un ejemplo nítido de la importancia que le concede Chartier a la historia de los textos y los lectores[5].

+ GIRO SUBJETIVO

El desplazamiento de lo meramente histórico-estructural hacia lo etnográfico es parte de lo que llegara a llamarse “giro subjetivo”[6], donde se privilegian aquellos personajes y aspectos de lo que en la obra de Michel de Certeau se concibe como “imaginativa etnográfica social” (Sarlo, 2005: 18-19) Es así como emergen los nuevos sujetos del nuevo pasado, cuya principal característica es un accionar tendiente a un rompimiento y/o sublevación en contra de la dominación a la que son sometidos por las estructuras existentes. Decir nuevos sujetos equivale a reivindicación –esencia de la cultura de la memoria- y no a un neo-natismo. Aparecen con plena conciencia del agravio histórico al que han sido cometidos y con sus relatos cotidianos ofrecen una visión fresca de la socialización característica del ser humano. Es una “presentación en la sociedad epistémica”, para ir cobrando notoriedad cada vez mas intensa.

Otra de las características de este giro subjetivo es la “novelización” de la historia –con sus toques de costumbres cotidianas y pintorescas- la cual se ha ido abriendo camino en el ánimo de los lectores tanto especializados como principiantes. En dicha perspectiva cobra relevancia el papel de las mujeres –por ser uno de los grupos cuya invisibilización ha sido históricamente mas acendrada- quienes en la proyección de cotidianidad aportan elementos innovadores, dignos de análisis. La vida diaria es todo un conglomerado de acciones y eventos, los cuales pueden arrojar luz para el entendimiento de la idiosincracia. En la reconstrucción del pasado, desde esta óptica, el abanico de posibilidades topicales se abre esplendorosamente.

Cualquier aspecto cultural puede ser objeto de estudio, por ejemplo la audacia metodológica de Richard Hoggart quien en 1957 hizo el primer trabajo al respecto (Sarlo, 2005: 20-21). Partiendo de una descripción de sus vivencias, convierte lo meramente personal –subjetivo- en objeto teórico, despertando cierto escepticismo entre los teóricos de la época, a pesar del entusiasmo innovador que pudiera haber generado. Ese el riesgo que enfrenta la innovación científica, lo saludable es la decisión de no claudicar, porque en la constancia esta el aprendizaje. Para la década de 1970, Passeron (coautor de El oficio de sociólogo) se encargaría de reorientar disciplinariamente a Hoggart en aras de hacer mas aceptable su trabajo en términos académicos. Lo sobresaliente de ejercicios como el de Hoggart es la reivindicación del sujeto como eje de la narración y por ende, la revalorización de la subjetividad como herramienta hermenéutica válida en estudios culturales. El campo de influencia pasa de la historia a la sociología de la cultura, donde la subjetividad (individual) va a reemplazar las estructuras[7]. Dicho reemplazo no se da por moda o capricho ideológico sino como el auto-pago de una factura pendiente que tuviera el sujeto por ese pasado lacerante, cuyo recuerdo es tan inevitable como sanador.

+ RECORDAR Y ENTENDER

El punto central es la construcción de la Verdad y no tanto el levantamiento de un tribunal inquisitorio; dicha Verdad arribará por la contundencia del testimonio desinhibido y no por la opinión de la intelectualidad orgánica, especialista en hermenéutica plástica. Acorde a su origen y circunstancia, Sarlo aborda el caso de Argentina durante y después de la dictadura militar (1976-1984) haciendo énfasis en el reclamo justo de justicia. La constitución de la comisión de la verdad se da como una herramienta mas que un arma. Para que cumpla su cometido de manera eficiente, necesita de la participación social, y la forma mas útil en la que lo puede hacer es a través del testimonio. El testimonio es el arma mas poderosa del “nunca mas”, para ello es necesario que este “nunca mas” no se convierta solo en un cliché mercadotécnico, sino en un continium memorístico incesante; que no caiga en la estigmatización de un cliché demagógico, en un sociolecto de moda electorera. Aquí vuelvo al punto mencionado en el primer apartado de este texto; no se debe ceder al chantaje ideológico del “darle vuelta a la hoja” en aras de una pseudo-unidad nacionalista. Es un deber, en contra de cualquier posibilidad de repetición, que toda la sociedad cuya herida no ha sido sanada, esté consciente de ese “nunca mas”. Este estado de conciencia no es para buscar una venganza sangrienta con efectos colaterales, sino el, ya mencionado, ajuste histórico-moral de cuentas. La fuerza, pues, del testimonio del sujeto no solo no puede negarse sino debe dimensionarse justamente en el nivel de credibilidad que le corresponde.

Viviendo en la época de la memoria se han visto, paradójicamente, intentos de borrarla desde las plataformas políticas para amoldar intereses de las élites. Al hacerlo apelan al dolor y sufrimiento experimentado, al chantaje sobre la conveniencia de permanecer en la zona de comodidad emocional e ideológica y, por consiguiente, a la inutilidad del desplazamiento. Lo que pasan por alto es que la examinación de los procesos actuales de memoria es irrefrenable, las condiciones socio-políticas de la actualidad así lo facilitan y, por lo tanto, dicho proceso memorístico no debe constituirse en un elemento que propicie el olvido indeseable. Por el contrario sirve de bastión para que los procesos ignominiosos no tengan repetición, para que la humanidad pueda evitarlos; para que la represión y silenciamiento de las voces discordantes sean desterradas de las prácticas sociales. Por lo tanto se debe pugnar para que nunca más nunca se pierda la memoria histórica.

B I B L I O G R A F I A

Bourdieu, Pierre. Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI editores, México, 1997

Chartier, Roger. "Ocio y sociabilidad, la lectura en voz alta en la Europa moderna" en El mundo como representación, estudios sobre historia cultural, Gedisa editorial, España, 1999, p.p. 121-136

Giddens A. – Turner J. (et. al.) La teoría social hoy, Alianza Universidad, Madrid, 1990, pp. 254-289

Huizinga, Johan. El concepto de la historia, 1ª. Reimpresión, FCE, México, 1977

Sarlo, Beatriz. Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo, Siglo XXI, México, 2005, pp. 9-26



[1] Ensayo analítico basado en el texto “Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo” de Beatriz Sarlo, Siglo XXI, México, 2005, pp. 9-26.

[2] La objetividad en la historia siempre ha sido un tema debatido, en el presente trabajo se hará alusión al mismo y sus conflictos conceptuales que enfrenta, por lo cual en esta primera mención se usa de manera ordinaria.

[3] Los estudios de historia cultural se avocan al análisis de las representaciones y los imaginarios colectivos junto con el de las prácticas sociales que los originan, así como de la circulación de los objetos culturales.

[4] Quiero hacer énfasis aquí en la distinción que hace Pierre Bourdieu, respecto a los tipos de lectores. Distingue, básicamente, a dos; uno son los lectores, los que leen para comentar lo leído y, el otro tipo, los auctores, son los que leen para construir su propio objeto de estudio. Ver Bourdieu, Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI editores, México, 1997

[5] Roger Chartier, emblemático representante de la historia cultural hizo su trabajo con el rigor metodológico que demanda la ciencia histórica y puede ser consultado en Roger Chartier, Ocio y sociabilidad, la lectura en voz alta en la Europa moderna en El mundo como representación, estudios sobre historia cultural, Gedisa editorial, España, 1999, p.p. 121-136

[6] Sarlo refiere que este concepto es una derivación del llamado “giro lingüístico” aparecido en las ciencias humanas en los 80, en el que destaca Michael Foucault como precursor.

[7] Este desplazamiento teórico no es exclusivo de la historia, en la sociología, por ejemplo, se vive en el ejemplo concreto de las conceptualizaciones de Anthony Giddens –entre otros- que forman parte del conglomerado teórico que nublaría el reinado estructuralista de Talcott Parsons. Ver Giddens & Turner, La teoría social hoy, Alianza Universidad, Madrid, 1990, pp. 254-289

1 de junio de 2009

SEGUIR LEYENDO

José Antonio Altamirano

 

El inexorable paso de los años va, paulatinamente, engendrando y proyectando diferentes estilos de vida, los cuales se convierten irremediablemente en patrones culturales. Las transformaciones culturales son, en esta inteligencia, una constante en la historia de la humanidad. Es altamente significativo el surgimiento de nuevos y diversos modos de relacionarse entre las familias en específico y las comunidades en lo general. Algunos de esos modos aparecen para quedarse en las prácticas cotidianas; uno de esos modos que aparecieron en determinada época histórica y ha perdurado en el ánimo de las colectividades de manera importante es la lectura en voz alta.

 

Roger Chartier en el texto “Ocio y sociabilidad, la lectura en voz alta en la Europa moderna” hace un análisis de caso para ejemplificar sus teorías acerca de la importancia de la lectura y de los textos como parte del contenido en la valija de los elementos culturales. Cuando se trasciende del plano de la individualidad a la colectividad, la lectura se convierte en un generador de lazos sociales. No se trata solamente de leer por leer, o lo que es lo mismo, como factor de entretenimiento baladí, sino como una posibilidad de interactuar y posibilitar el debate, de intercambio de ideas e incluso de aprendizaje colectivo para enfrentar las cuitas de la vida. Chartier encontró, en su estudio de caso, múltiples objetivos que se alcanzan en dicha práctica, entre los cuales se pueden mencionar los siguientes: como un regalo para un festejado, deseo de compartir un acuerdo, desarrollo de la cultura de la recitación oral, el servicio debido a un amo, intercambio conyugal, la educación filial entre otros. Otro, sin lugar a dudas, es el propósito religioso, la práctica de la lectura del evangelio a los hijos es un principio en Las Escrituras. Las comunidades protestantes lo llevaron a la práctica de una manera mas regular que las católicas. En la lectura en voz alta en el periodo analizado por Chartier, se deja ver el peso del clasicismo propio del antiguo régimen, porque aun cuando las clases bajas pudieran practicar dicha lectura, el acceso a los textos era mas fácil para las clases altas.

 

A lo largo del paso del tiempo y ante la desaparición del antiguo régimen la práctica se adaptó a los nuevos tiempos, haciendo uso de las herramientas tecnológicas contemporáneas; sin embargo, se fue opacando gradualmente al grado de ser hoy en día una actividad mas esporádica que periódica. El ejercicio de Chartier al revisar los ejemplo consignados en el texto analizado, me deja como conclusión el hecho de valorar una práctica que puede parecer simple en una primera vista. Sin embargo, tiene un alto contenido de factor de cohesión social, la cual va desde lo familiar hasta lo comunitario. El estrechamiento de las relaciones puede continuar su tendencia a la alza si se decide uno a seguir leyendo.

¿REVOLUCIÓN DE UNA VIGENCIA O VIGENCIA DE UNA REVOLUCIÓN?

José Antonio Altamirano

Ahí donde se avizoraba un panorama de continuidad surgió la ruptura de manera inopinada y a la vez previsible. Esa dualidad (o dicotomía, dependiendo del ánimo hermenéutico) presente en los procesos  humanos a través de la historia, se pone de manifiesto en el tono de las relaciones humanas en las postrimerías del siglo XX. Cuando la humanidad se acercaba al ocaso del siglo mas productivo (en términos tecnológicos) de su historia, sus estructuras básicas –partiendo de la familia como núcleo primigenio- sufren adecuaciones las cuales terminan convirtiéndose en transformaciones sustanciales; es decir asistimos a presenciar un cambio de estructura y no solo una re-estructuración. Así se pasa de lo definido a lo por definirse, pues una parte de la humanidad se presenta como punta de lanza para la metamorfosis –la juventud- y otra –los adultos- representa el alto en la marcha.

El diagnóstico realizado por Hobsbawm de la revolución cultural lo considero como el resultado de una auscultación completa. Expone con nitidez y profundidad el derrotero de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX, razón por la cual el estudio de la cultura cobra una nueva dimensión. La vorágine de los cambios ideológicos desembocaron, lógicamente, en un cambio social que sigue mostrando sus alcances y posibilidades de continuar cambiando. No se trata solamente de hacer una lectura simple acerca del ensanchamiento de la brecha generacional, resultado de las diferencias etarias; sino de interpretar el sentido de las transformaciones. Porque queda claro que el concepto de cultura se muestra a plenitud como compendiador de toda manifestación humana. Así la movilidad conceptual, entonces, avanza y la humanidad con ella; por lo tanto, el análisis de los fenómenos sociales desde dicha perspectiva se vuelve un imperativo y una necesidad espiritual. La transición de siglo y milenio que nos ha tocado vivir ha venido a arrojar mas luz sobre este proceso, de ahí lo valioso de la aportación analítica del historiador británico. Lo que para él en los 60´s y 70´s era un fenómeno social novedoso, hoy son para nosotros el pan diario. Hoy en día esas transformaciones son el preludio de otras tantas y para su análisis contamos con los elementos metodológicos aportados por la incipiente generación de historiadores culturales. Debemos aprender a seguir observando nuestro entorno social como un ente cambiante para vislumbrar correctamente la dimensión de estas transformaciones.

Cuando el individuo se impone a la sociedad –cenit de la revolución cultural a decir de Hobsbawm- asistimos al rompimiento del orden de las estructuras ideológicas pretéritas. El panorama cultural, entonces, es diferente y ello debe conducir a afrontarlo con nuevos criterios de interpretación hasta que su vigencia así lo permita. Cabría preguntarse, en este sentido, ¿si el advenimiento de esta revolución es sinónimo de un punto sin retorno en cuanto al fundamento axiológico que ha llevado la humanidad consigo a lo largo de su periplo por la historia? ¿Hasta que punto el concepto “revolución cultural” deberá ser revolucionado para seguir teniendo vigencia?

EL CINE:

¿FUENTE O INTERPRETACIÓN?

 

José Antonio Altamirano

 

El mundo se entiende a base de representaciones, las cuales se sustentan en las ideologías y los discursos. Las sociedades se proyectan en imágenes y estas, a su vez, dan la pauta para la reflexión, desde esta óptica se puede hablar de un ejercicio de tipo dialéctico. Uno de los medios mas recurrentes para dicha proyección es el cine, el cual ha dejado de ser solo un medio masivo de comunicación para convertirse en un cazador de imágenes de la realidad social. El cine es, por lo tanto, un producto social lo cual lo lleva a representar o reflejar un momento.

 

El artículo de Mar Ferro El cine ¿contraanálisis de la sociedad?, se convierte en un texto revelador acerca de la importancia que la industria cinematográfica representa para el quehacer histórico; aunque, a decir del mismo historiador francés, no ha sido (al menos hasta el tiempo en que se publicó el texto) tomado en cuenta de una manera eficiente. Esta pseudo-rivalidad se debía a la confrontación entre la imagen y la palabra, entre la representación y la ideología. Al paso del tiempo esta confrontación se ha ido diluyendo y se ha convertido en una alianza interesante. El cine ha pasado a ocupar un lugar importante en el análisis social, debido a que las imágenes dicen mas que las palabras y que la mayoría de la gente es visual en su aprendizaje, se puede entender el porqué de este posicionamiento. Así la historia se ha ido haciendo asequible para grandes segmentos de la población que leen con interés en la pantalla grande lo que se les dificultaría leer en los textos. Sobre este último aspecto, es importante señalar que para seguir en esa curva ascendente de importancia, lo que se presenta en la pantalla debe estar basado en textos debidamente fundamentados, pues de lo contrario se convertirá en un mero pretexto y quedará solo como  anécdota y no como hecho histórico. En el cuerpo del texto, y a guisa de hacer práctica su argumentación, Ferro analiza un par de cintas. En ambas de dejan ver características propias de los gobiernos respecto al cine, control mediático y censura parcial o total. A fin de cuentas producto social, el cine proyecta tanto la realidad político-social como las causas que la originan; por lo tanto los gobiernos –independientemente de su orientación ideológica- anteponen su interés discursivo a la tan pregonada libertad de expresión, en este caso artística.

 

El punto, para mi, conflictivo radica en definir si el cine ocupa el papel de fuente o interpretación. La trivialización de los procesos hermenéuticos se yergue como una amenaza sobre el rigor epistemológico en la ciencia histórica. Esto es debido a que la plasmación de imágenes sobre determinado acontecimiento histórico, parecería estar supeditada a la creatividad del creador del film –claro, sin pasar por alto a todo el equipo que interviene en el proceso- y, por ende, a su ideología. Concebirlo entonces como fuente sería darle todo el crédito de una investigación, cuando su papel, quizá, solo sea el de dar otro punto de vista respecto a un acontecimiento. Equiparando el papel que juega el lector en la producción de los textos según el análisis de Chartier, el papel del cine-espectador (o cinéfilo para los mas refinados) debe ser considerado con seriedad al momento de producir un documento al respecto. El público, mayormente visual en su aprendizaje, captará con mayor rapidez los elementos de un hecho histórico proyectado en una película que el plasmado en un texto.  Lo que si es innegable es que la importancia creciente del cine como análisis (que no contraanálisis) social es claramente perceptible en todos los órdenes de la sociedad y la ciencia histórica hace muy bien en recurrir a él para proyectarse. El debate sobre si es fuente o interpretación continuará mientras ambos existan.

DESDE ABAJO ¿O HACIA ARRIBA?

José Antonio Altamirano

 

El ser humano posee, entre muchas otras, las capacidades de asombro y aprendizaje. Con ellas ha ido forjando su progreso a lo largo de los años y así ha podido explicarse, o al menos intentar hacerlo, el mundo y sus circunstancias. En esta inteligencia, en las diferentes etapas históricas por las cuales ha pasado la humanidad, han surgido hombres y mujeres quienes en su momento han destacado sobre la media de sus contemporáneos. Las razones por las cuales destacan, independientemente del campo del cual se trate, suelen ser diversas y, por lo tanto, difíciles de precisar; sin embargo, hay una que si puede ser considerada como común y es el deseo de superación, de cuestionar lo establecido. Como resultado de este deseo la humanidad ha visto surgir a algunas de las mentes mas preclaras que ha conocido, aunque en su momento no hallan sido reconocidas como tales.

Sirva la anterior reflexión para dimensionar el hallazgo intelectual que representa el trabajo emblemático de la microhistoria italiana “El queso y los gusanos” de Carlo Ginzburg. Construir (o reconstruir) la historia a partir de los personajes comunes y ordinarios se constituyó en una apuesta innovadora. El caso de Menochio –el molinero-lector con una visión diferente del cosmos- emerge en la navegación histórica como muestra de una forma distinta de interpretar el pasado. Ubicar a un personaje con actitudes y acciones disímbolas a las de su época requiere, sin lugar a dudas, de un arduo trabajo metodológico y su consecuencia ecdótica, es en este sentido en el cual toma relevancia el trabajo de Ginzburg. En él encontramos la aparición (o reaparición) del sujeto como objeto de la historia; se proyecta al hombre –sí, en específico al hombre- como actor indispensable generador de los cambios sociales o, al menos, como receptores directos de los efectos de ellos. Es mostrar que la conformación de los procesos históricos son resultado no solo de la interacción entre los grupos cupulares, sino de la relación vertical presente en todas las etapas históricas. La historia se escribe sobre la pizarra del conocimiento desde abajo, desde donde la perspectiva tiene un panorama mas amplio que cuando se ve desde arriba.

El molinero de Montereale aparece, entonces como un prototipo del ciudadano ordinario capaz de desafiar el entorno epistémico que le rodea.  El afán de descubrir de Menochio le lleva a cuestionar el tema que era incuestionable, a poner en duda lo que debería ser indudable: los dogmas dictados por la jerarquía eclesiástica. Porque no se trata para él de renegar de la fe, de su convicción espiritual sino de las imposiciones dictadas en forma de dogma; de aquella hermenéutica alevosamente enajenante que aún pervivía en el ánimo colectivo. El poner en tela de juicio lo que ha sido aceptado como verdad inamovible siempre será visto como factor de desequilibrio colectivo; ello conducirá al surgimiento de cruce de expresiones en pro o en contra del actor social generador. Los cambios siempre generan discusiones y tratándose de temas religiosos, en las postrimerías del Antiguo Régimen, aún mas, por ello Menochio es juzgado de manera minuciosa y prejuiciosa. Es interesante observar que sus opiniones “las cuales había sacado de su propia mente” estaban claramente imbuidas por las ideas reformistas tan en boga en la Europa de entonces. Por ello, la supuesta relación que le atribuían con los  grupos con ideas anabaptistas y/o luteranas era uno de los principales argumentos de sus detractores.

El caso de Menochio es un ejemplo mas de la importancia que cobran los textos en el ánimo de los lectores. Nos encontramos ante un molinero que sabía leer y que, además, leía mucho y llevaba esa lectura de la dimensión hermenéutica a la de la praxis. En mi opinión mas que hablar  de un hereje (cargo por el cual sería, finalmente, sentenciado) debemos hablar de un pensador avanzado para su época. De un lector y practicante de los principios bíblicos que llegó a creer, algo inusual en su tiempo, en el sacerdocio de todo creyente. Este principio extraído de la Biblia autoriza que todo aquel que lo desee puede creer y practicar los preceptos doctrinales sin intermediarios. Estos “crímenes” del lector de las colinas del Friuli fueron presentándose cada vez con mayor continuidad, señal inequívoca de los tiempos de cambio. La historia desde abajo no es lo mismo que la historia entre los de abajo; la primer perspectiva encierra la viabilidad de la proyección hacia horizontes mas amplios, es historia hacia arriba donde el flujo entre las distintas visiones traerá como resultado una interpretación bilateral (o multilateral) del cosmos. 

UN RIESGO ¿CULTURAL?

José Antonio Altamirano

 

La aparición y desarrollo de las corrientes historiográficas a través de los tiempos, ha generado un intenso debate acerca de lo que yo llamaría la confrontación discursiva de las conceptualizaciones. Esto implica que la evolución del discurso histórico significa por si mismo enfrentamiento; mas no subyugador sino concatenador que permite el enriquecimiento de unos y de otros.

En el texto “La nueva historia cultural” de Roger Chartier, podemos vislumbrar las aristas contenidas en el concepto. Desde una desmarcación en torno a la historia de las mentalidades –bastión metodológico de la escuela de los annales- hasta su concatenación con elementos de algunas de las ciencias sociales, otrora rivales hermenéuticos, como la sociología y antropología e, incluso –o sobretodo- con la literatura.  Los elementos característicos de esta incipiente subdisciplina nos llevan a enfocarla desde una perspectiva integradora, dada su proclividad a apoyarse en recursos visuales, como el cine, o en retóricos como el discurso y su sustento teórico-ideológico. Estos elementos, típicamente culturales, se complementan en la estructura de este enfoque historiográfico.  A la consideración de la  utilidad, importancia y trascendencia de los textos en el ámbito de las construcciones culturales Chartier  dedica una parte sustancial del texto.  Desplazando la importancia de los textos desde la posición del autor hacia la de los lectores, se rescata la elaboración de los conceptos mentales desde abajo. Esto, sin duda, amplía la gama de posibilidades hermenéuticas en la construcción del discurso histórico cultural, entre otras resultantes está la correcta distinción entre lo sabio y lo popular. Así tira por la borda la obsoleta taxonomía terminológica que creó fronteras clasistas por tanto tiempo. A su vez una acertada apreciación de la sociología de los textos va mas allá de la simple descripción de sus partes integrantes y se avoca a resaltar la importancia de sus elementos ontológicos.

Chartier deja ver la utilidad de la historia cultural como una explicación coadyuvante para entender los fenómenos sociales cíclicos y en ella misma hace una diferenciación entre las función de está y de la historia social. Queda claro, de principio a fin, que el concepto de Historia Cultural en si mismo es complejo y difícil de definir, por no decir riesgoso.

20 de mayo de 2009

Análisis de "Nostalgia" de Jean Delumeau

“DE VUELTA”[1]

José Antonio Altamirano[2]

 

La búsqueda de la felicidad es, sin lugar a dudas, una de las principales aspiraciones del ser humano a lo largo de su historia. En ese objetivo ha invertido no solo su tiempo, sino su esfuerzo y vida misma. Los adelantos científicos logrados en cada etapa histórica han sido alcanzados con la premisa anterior en mente. Este propósito rebasa, con mucho, una mera proyección de tipo hedonista para posicionarse en una dimensión de tipo axiológica y teleológica. Son varios factores los que contribuyen al logro de la felicidad –partiendo, obviamente, de la concepción que se posea del término- y asumiendo que ésta es temporal por la caducación de algunos de esos factores, debe existir un elemento que permita la prolongación o la vuelta al punto extático; ese elemento es la nostalgia. Esta es la intención de Jean Delumeau en su monumental obra llamada “Historia del paraíso”, de cuyo primer tomo se ha extraído el texto Nostalgia, el hacer una evocación de ese pasado cargado de simbolismo espiritual que se fue para no volver. Descansando dicha remembranza en la expresión artística del ocaso medieval y el renacimiento.

Las evocaciones suelen ser tan subjetivas como irrenunciables, en la perspectiva de los artistas de los periodos señalados líneas arriba se visualiza esta afirmación. Delumeau ofrece todo un catálogo de representaciones nostálgicas, las cuales van desde la construcción imaginaria de lugares de perpetua felicidad y belleza, a la reflexión en torno al origen, naturaleza y simbolismo de los jardines (abierto-cerrado) así como la exquisitez de las flores. Es de entenderse que no se trata de un trabajo de tinte botánico sino ideológico. El concepto del jardín abierto-cerrado tiene un pronunciado origen espiritual; el historiador francés cita específicamente pasajes de La Biblia donde se demuestra ello. De ahí se visualiza la interpretación espiritual que subyace. El hecho que la humanidad haya perdido el derecho –por el pecado original- de permanecer en el paraíso se representa entonces con el hortus conclusus, en él se cancela la posibilidad de la convivencia de lo sacro con lo profano, los artistas lo representaron con murallas y todo tipo de elemento separador. Observamos, entonces, la polarización espiritual y a diferencia de “La Ciudad de Dios” de Agustín de Hipona, en este espacio no se permite la convivencia entre el mal y el bien. La expulsión de Adán y Eva de huerto del Edén fue para siempre y sellada con la colocación de los querubines como centinelas inamovibles para resguardar su inviolabilidad. Es el lugar ideal para la vida reflexiva y entregada a la piedad; el lugar donde se deben inspirar y encubar  los ideales mas pristinos que permitan al ser humano satisfacer su necesidad espiritual. La transición al jardín abierto representa la humanización de los ideales del jardín cerrado. Ahí se privilegian las historias de amor y su representación se expresa en la exuberancia de su flora. Los diseños convergentes llaman a la concentración y abandono placentero. Aún con los elementos que hereda del jardín cerrado, la influencia arquitectónica del Islam es perceptible en las descripciones realizadas por Delumeau de las obras artísticas que los representaron. El amor es pues el elemento del cual se hace la evocación –no porque haya desaparecido como concepto colectivo, sino por las derivaciones que ha experimentado al paso de los tiempos- principal; la nostalgia sigue dominando el discurso artístico.

La memoria histórica sigue reclamando su lugar en las ideologías, el trabajo de Delaumeau así lo demuestra contundentemente. La nostalgia no se puede reducir conceptualmente a una emoción simple, debe ampliarse su horizonte. La nostalgia es un intento de volver en esencia a aquellos momentos que han significado una coyuntura ideológica; es estar de vuelta en el lugar donde se trascendió, donde se sembraron las semillas de lo que llegaría a ser todo un jardín de conocimientos y sentimientos para la humanidad.



[1] Delumeau, Jean. “6. Nostalgia”, en Historia del Paraíso, 1. El jardín de las delicias. México: Taurus, 2003.

[2] Estudiante de sociología, 2º. Semestre

22 de abril de 2009

Persépolis

PERSÉPOLIS

José Antonio Altamirano T.

La repetida historia (después  de todo la historia es una serie de repeticiones) de aquellos emancipadores de la opresión, que se vuelven opresores es uno de los ingredientes principales de este film basado en el comic del mismo nombre. Persépolis es un reclamo airado a los vicios “transculturales” de la humanidad. Los cuales no distinguen etapas, razas, religiones o géneros. Lo que inicia como un romance idealista entre convicciones y libertad, termina como un infeliz matrimonio obligado e indisoluble entre anhelos y prejuicios. Seguimos en la pantalla el periplo que va desde el sueño infantil con tintes de ideología polifacética a la huida juvenil con sueños truncados y amargura en el alma.

Las circunstancias por las que atraviesa “Marjie” nos remontan a un pasado cercano donde se pone de manifiesto el eterno dilema acerca de si todo tiempo pasado fue mejor o el presente, por incomprensible que parezca, se justifica en aras de una dignidad y soberanía reivindicadora. Los personajes que se retratan en la historia de marras, bien pueden representar a todos los hombres y mujeres que les tocó atravesar ese momento histórico en esa nación con una tradición milenaria.

Por otro lado se aprecia con nitidez las contradicciones culturales y, específicamente, axiológicas del mundo europeo en la víspera del fin de la guerra fría. Los cambios ideológicos que se venían gestando desde finales de la década de 1960 cobraban fuerza de manera avasallante. En ese contexto el choque cultural de Marjie es ineludible y contundentemente impactante en su desarrollo intelectual y moral. Si los ideales patrios se habían derrumbado abruptamente, la experiencia europea lacera su individualidad de manera indeleble. Después de todo esa es la marca de la occidentalización predominante de finales del siglo XX. Donde los sueños convergen el despertar se vuelve agrio. Los otrora ideales de la juventud se tornan en un individualismo con tintes hedonistas que avasallan y marcan la vida de quienes les toca estar en la vorágine.

Persépolis es un film valioso por el sentido de denuncia que posee en su estructura. Por atreverse a desafiar tanto la actualidad como la historia de una nación con contrastes tan notables; así como las vergonzosas alianzas internaciones, cuyo único fin es el expansionismo económico e ideológico. Tenemos ahí un referente histórico reciente, para tratar de entender algunos de los vericuetos socio-políticos en los cuales los protagonistas del tiempo actual se han entrampado. 

15 de abril de 2009

"Si los niños", reporte de la película The children of men

José Antonio Altamirano

Cuando imaginamos un panorama sombrío en nuestro futuro, donde la esperanza mas que una utopía pareciera un lamento de un pasado remoto, es cuando debemos voltear la vista y ver aquellos momentos que han absorbido parte de nuestro tiempo histórico. En esa revirada podríamos encontrar elementos que nos ayuden a dilucidar las grandes interrogantes de ese futuro no lejano plagado de calamidades y sufrimientos irreversibles.

Pensar o imaginar un futuro feliz en nuestro curso histórico, en el cual la paz y la armonía sean asequibles a toda la humanidad parece mas lejano que la utopía que inspiró a Thomas Moro. La marcha del mundo en este tiempo parece encaminarse al panorama plasmado en el film The children of men, donde el fin de la humanidad es inminente a no ser por el milagro de la vida que en medio de la mas amarga socialización, aparece para significar una beta de esperanza. Este elemento representa un momento de reflexión profunda, es una especie de gozne entre un pasado-presente catastrófico y estéril y un futuro igual de catastrófico pero con un breve destello de paz e ilusión de prolongación de vida. El efecto que puede producir en las sociedades un elemento de cambio no es tan fácil de ser dimensionado aunque si esbozado. El ser humano como ser social que es, privilegia el trato con sus semejantes, sea para subyugarlo, empatizar o doblegarse; y en las circunstancias extremas cualquier intención se manifiesta en grado superlativo. La sociedad del caos se cimbra por algunos instantes y la humanidad recuerda que lo esencial, lo básico es la vida; aunque instantes después reacciona ante la realidad de la muerte y la destrucción.

El cáncer de la discriminación y el genocidio, sumados al dispendio de los recursos naturales que el hombre ha llevado a cabo, ocasiona esa funesta sociedad del caos. En la cual la manera de mantener el orden es el gobierno de tipo totalitario, un pseudofuncionalismo caricaturesco que destroza cualquier indicio de acuerdo social y precipita el inevitable y trágico fin. Los problemas inherentes a la convivencia humana se agudizan cuando se pierden los principios axiológicos, así las nuevas circunstancias se desarrollan a partir de otras concepciones, las cuales no tienen el arraigo suficiente para generar actos a profundidad; eso es precisamente lo que termina deshumanizando y ante esa situación el sobrevivir es lo que importa y trasciende.

Cuando la esterilidad de la sociedad se deja sentir como una loza de concreto, el anhelo de la preservación se vuelve un imperativo. Sin embargo, hay procesos que son irreversibles y aunque de uno en uno se empiece a sumar para la reivindicación, el tiempo no parece ser el mejor aliado. Si los niños han dejado de nacer por los errores de sus mayores, habrán de convertirse, en el caso de reaparecer, en quienes podrían llegar a tener el control de la sociedad. Aunque, paradójicamente, su presencia desataría cacerías y enfrentamientos sin límite.

El escenario presentado en el film no es ficción lejana, es una posibilidad latente en pocos años; razón por la cual debemos estar mas atentos a las circunstancias que rigen el tiempo presente.

17 de marzo de 2009

CHIN, CHIN EL TEPOROCHO

José Antonio Altamirano
Marzo 16, 2009

Fue la primera novela de Armando Ramírez, quien la publicó en 1972 cuando apenas contaba con 19 años de edad. Escritor nacido en el corazón del barrio de Tepito, no es considerado parte de la generación de “la onda”, sino posterior a dicha corriente. Esta novela fue llevada al cine en el año de 1975, recibiendo críticas diversas por el tono en el cual está contada. Es la historia de un joven, contada por el mismo, quien teniendo posibilidades de crecer en todos los sentidos termina convirtiéndose en un “teporocho”, como los miles que pululan por las calles del Distrito Federal, por la razón de no poder superar el entorno social y moral que le rodeo y estranguló. El lenguaje utilizado por el autor mas que coloquial es propio de Tepito y sus alrededores; el código paraverbal supera al verbal, pues las palabras no tienen el mismo peso si no se imagina uno la gesticulación y/o movimiento corporal.

En Chín chín el teporocho se deja ver toda la cotidianidad propia del tepito de los años 60´s (época de cambios culturales significativos). En realidad no solo de Tepito sino de la ciudad de México, se pueden ver imágenes urbanas que dichos cambios ponen de relieve. En el laberinto de concreto que es el barrio bravo, se manifiestan las contradicciones entre los valores y los antivalores; entre las lealtades y las traiciones; entre los sentimientos y los deberes; entre las emociones y las decisiones. Es un retrato hablado de una etapa histórica, el cual proyecta, entre otras, la lucha por la sobrevivencia consuetudinaria, el paulatino envolvimiento en actividades delictivas como el incipiente trasiego de drogas; la recurrencia a la prostitución; los adulterios repetitivos; las injusticias laborales con las complicidades sindicales; las muertes trágicas –aun con lo previsibles que fueran-. Esta etapa histórica que catapulta a la juventud a una vida fácil con consecuencias difíciles, concluye en lo individual (¿irremediablemente?) con la derrota moral, a pesar de todas las posibilidades de éxito. Si los ambientes marcan a las personas, en esta novela se muestra a plenitud. Todas las nobles intenciones de superación se ven rebasadas por el entorno social, económico y político. El deseo y la intención de salir de ese mundo con sus rasgos culturales propios, se ven truncados por la fuerza de las costumbres y las lealtades familiares, grilletes pseudoaxiológicos que encadenan aun en contra de si mismo y de la descendencia.

Las circunstancias que aplastan a Rogelio y lo condenan a luchar por sobrevivir, y para obtener la teporocha de cada día, se convierten en la gota que derrama el vaso. Al leer las líneas finales, junto con Rogelio tras los teporochos, se van las expectativas de un mañana mejor. Se diluye la posibilidad de romper con un círculo vicioso y, por ende, se cae en el desconsuelo de constatar lo apabullante que puede ser una metrópoli, un barrio, una ideología, una (¿solo una?) decepción…¡una teporocha!