Cuaderno de los estudiantes de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Baja California. Tijuana, B. C., México. Desde 2007.
3 de diciembre de 2008
La posibilidad de escribir historia
Introducción
La relación entre historia y literatura es un debate entre los historiadores que merece la pena considerarlo con el mismo grado de importancia que otros. El solo término de literatura evoca un pasado no científico para la disciplina. Es en torno a este punto, la relación entre historia y novela donde se ubicarán estas reflexiones. Para ello, tomaré de las ideas expuestas por autores como Micheal De Certeau, Roger Chaertier, Avital H. Bloch, Marcel Detienne y Fernando Del Paso.[1]
En un primer apartado elaboraré un pequeño esbozo de la relación entre el historiador y la novela, en donde haré especial énfasis en dos aspectos principales: el primero serán los cambios en el tipo de narración que el historiador ha usado para escribir la historia y el segundo trataré la posibilidad de la novela como fuente para la investigación histórica. En un segundo momento presentaré una reflexión en torno a la posibilidad de construir una nueva interpretación del pasado por medio de la novela, con el fin de construir una historia todavía más humana, con un lenguaje menos estéril, que pueda tener la oportunidad de llegar a un público más amplio.
El historiador y la novela
En sus inicios, la historia era el relato, oral o escrito, de los acontecimientos ocurridos en el pasado donde los dioses intervenían en el curso de la vida del hombre. Por medio de ella comprendían su realidad, resolvían sus dudas y daban orden a su existencia en el tiempo. Posteriormente, la historia como herramienta para la construcción de identidades fue indispensable para la formación de los Estados-Nación europeos en el siglo XIX. Por medio de estos dos ejemplos, es posible ver a una historia militante, en cuanto recurso para la acción, en donde el historiador escribía con un fin específico, para un público en el que deseaba influir para que reaccionara de una forma determinada, por lo tanto, esa reacción esperada le demandaba poner atención especial a la forma en la que narraba la historia.
La voces encantadoras de la narración transforman, desplazan y regulan el espacio social. Ejercen un poder inmenso, pero un poder que escapa al control ya que se presenta como la verdadera representación de lo que sucede o de lo que sucedió […] bajo el nombre de ciencia, también arma y moviliza clientelas. Por ello, frecuentemente más lúcidos que los mismos historiadores, los poderes políticos o económicos están siempre esforzándose por tenerla a su lado, por halagarla, por pagarla, por orientarla, por controlarla o por domesticarla.[2]
Con el desarrollo e institucionalización de las ciencias en la Europa del siglo XIX, iniciaron los trabajos de los historiadores por convertir a la historia también en ciencia, por lo que pretendieron despojarla de sus relaciones con la literatura y dotarla en cambio de marcos teóricos y metodologías pertenecientes a las ciencias sociales en boga, de esa forma la historia adquirió aparentemente un grado de cientificidad y un lugar en el terreno de la ciencia. Esa tendencia se mantuvo en el siglo XX, la Escuela de los Annales y su “nueva historia” influyeron en el cambio del objeto de estudio: ya no serían los grandes hombres, sino las estructuras o las mentalidades; en la forma de escribir, se olvidaron las narraciones y aparecieron historias con un lenguaje técnico, con cuadros y gráficas que la volvían más crítica y científica. Se daban pasos hacía una historia científica, sin embargo, esa idea no era compartida del todo por considerar que esa nueva historia abandonaba la tradición humanista de la narrativa. “El desencanto de muchos estudiosos ante las limitaciones impuestas por los métodos de las ciencias sociales trajo consigo una re-evaluación positiva de la teoría narrativa, al buscar caminos para escapar al enfoque de las “ciencias sociales”.”[3]
Sin embargo, a finales de 1980, cuando buena parte de los historiadores consideraban a las ciencias sociales en un estado de “crisis” y con ello los postulados adoptados de ellas para la historia, decidieron desplazar sus objetos de estudio y uso de fuentes para tratarlo, lo que repercutió en un cambio en sus paradigmas y acercamientos con otras disciplinas como la crítica literaria.[4] En ese nuevo cambio, la historia optó por estudiar la cultura, las tradiciones, las mentalidades, las identidades, los tiros, las creencias y representaciones. Por lo que el uso de las fuentes tradicionales para la historia ya no ayudaba a resolver los nuevos problemas. Gracias al esfuerzo intelectual y la gran capacidad de adaptación de los historiadores, la historia comenzó a tomar como objeto al libro al mismo tiempo que iniciaba trabajos para considerar a la novela como fuente para sus investigaciones, por ser una representación de una realidad pasada inmersa en un contexto especifico. En este punto la novela resulta de interés para la historia en la medida que le permite construir las representaciones que un autor desde un sitio en particular hacia de su realidad y cómo ésta era apropiada por sus lectores en los diferentes estratos de la sociedad.
La posibilidad de una nueva interpretación del pasado
Michael De Certeau se encargó de terminar por destruir el paradigma científico de la historia al historizar a la propia historiografía y descubrir la misma búsqueda de verosimilitud que existe en la novela en el relato histórico, sólo que de otra forma, si la novela se sostiene en la descripción de espacio y personajes, el relato histórico lo hace en las fuentes reales que de la realidad obtiene y presenta para cerciorarse, primeramente así mismo y después al lector, que lo que informa es verdadero.[5] Asimismo, pone en evidencia a la institución desde donde el historiador escribe, por lo tanto, lo coloca dentro de un contexto de relaciones de poder en el cual los productos, llámase relatos históricos, tienen una intención de provocar una reacción específica en el lector.[6]
El historiador una vez que ha dejado a un lado sus pretensiones de científico, está frente al reto de entender su oficio en este momento en el que la historia ya no es del todo aquella científica de los últimos dos siglos, asimismo tiene que sortear el peligro de no reducir la realidad y el conocimiento del pasado a la existencia dentro de un texto en donde encuentra validez en sí misma independientemente de la realidad material de la que habla, pertenece y desde donde fue producida. Los textos se consideran, según Chartier “desde una lectura cultural que nos recuerda que las formas que adquieren para leerse, escucharse o verse, participan, ellas también, en la construcción de su significado.”[7]
Una vez más, los claroscuros nos obligan a caminar con detenimiento, a cuidar nuestros relatos y las interpretaciones que hacemos del pasado en ellos, así como a situar nuestros relatos en una compleja red de intereses que posibilitan su publicación o no. Una vez conscientes de estos dos puntos, una buena pregunta que se antoja es: ¿Cómo puede hacer uso de la novela el historiador en su investigación y cómo ésta le puede ayudar a producir nuevas interpretaciones que tengan la posibilidad de hacerse de un público de lectores mayor y que trasciende el ámbito académico?
Reflexiones finales
El historiador hace uso de la narrativa y la descripción, como el novelista, para hilar y darle orden a su relato y poder conducir al lector por entre sus ideas y reflexiones. Una historia bien contada permitirá tener un grupo de lectores más amplios y no sólo los que quedan dentro del círculo académico. El historiador como producto histórico está inmerso en un presente al que pretende dotar de sentido con respecto a su pasado. Los problemas y objetos de estudio que el historiador aborda responden a necesidades del propio presentes.
La relación historia-novela no plantea una historia que exista solo en lo escrito sin ninguna relación directa con el mundo material que informa, por el contrario, permite una articulación entre la narrativa y la investigación, en la medida que la narrativa ordena, da los recursos para comunicar los resultados de la investigación. Un nuevo reto más para el historiador de esta relación sacada a la luz es la obligación que tienen de volver a hablar el mismo lenguaje de la sociedad, a donde se debe buscar que el producto de nuestras investigaciones pueda llegar y no sólo quedarse en el tintero o en el aplauso de los miembros de la institución que con su aceptación satisface y detiene las posibilidades de hacerse escuchar.
Por último, quiero aclarar que en ningún momento estoy proponiendo la idea de que los historiadores deberían de volcarse a escribir novela histórica con la finalidad de conseguir un público mayor de lectores. Si no que trato de poner en la mesa de la discusión nuestro propio trabajo y poner énfasis en la distancia que separan a nuestros textos de los lectores no académicos y la carrera que han iniciado desde la literatura los novelistas por escribir novelas históricas que llegan a un público más amplio presentando interpretaciones históricas que en el peor de los casos no descansan en un trabajo de investigación. Por lo tanto, presento, a manera de sugerencia, una nueva adaptación al contexto, una apropiación de la narrativa en la historia que la vuelva más humana y nos permita ser leídos por la sociedad, en la medida que lo logremos tendremos la oportunidad de que los resultados de nuestras investigaciones sean útiles y apropiados por la sociedad.
Bibliografía
Bloch H, Avital. Política, pensamiento e historiografía en Estados Unidos contemporáneos. México: Universidad de Colima, 2005.
Chartier, Roger. El mundo como representación. Barcelona: Gedisa, 1999.
_____. El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito. México: Universidad Iberoamericana, 2005.
De Certeau, Michael. Historia y literatura. Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción. México: Universidad Iberoamericana, 2003.
_____. Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción. México: Universidad Iberoamericana, 2003.
Del Paso, Fernando. Noticias del imperio. México: Punto de lectura, 2008.
* Licenciatura en Historia, séptimo semestre, Seminario de Historia Cultural. Tijuana, Baja California, 2 de diciembre de 2008.
[1] Michael De Certeau, Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción (México: Universidad Iberoamericana, 2003); Michael De Certeau, Historia y literatura. Historia y Psicoanálisis. Entre ciencia y ficción (México: Universidad Iberoamericana, 2003); Roger Chartier, El mundo como representación (Barcelona: Gedisa, 1999); Roger Chartier, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito (México: Universidad Iberoamericana, 2005); Avital H. Bloch, Política, pensamiento e historiografía en Estados Unidos contemporáneos (México: Universidad de Colima, 2005); Fernando Del Paso, Noticias del imperio (México: Punto de lectura, 2008).
[2] Michael De Certeau, Historia y Psicoanálisis, 59.
[3] Avital H. Bloch, Política, pensamiento e historiografía, 87.
[4] Roger Chartier, El mundo como representación, 46 – 47.
[5] Michael De Certeau, Historia y Psicoanálisis, 54.
[6] Ibid, 55.
[7] Roger Chartier, El presente del pasado, 26.
2 de diciembre de 2008
Respuesta a la crisis
*Por Abdiel Espinoza González
La historia de las representaciones como estudio dentro de la llamada historia cultural cuenta con su propia historia y surge en un contexto dentro del cual una vez más la historia se encuentra –por así decirlo y siguiendo el tono violento de Chartier en este capítulo-, bajo ataque. [1]
En 1988, a manera de centinelas, los historiadores ubicados dentro de la corriente de la escuela de los Annales veían o creían ver a las ciencias sociales en una crisis general, que consistía en el abandono de los sistemas de interpretación globales como el estructuralismo y el marxismo, esto provocaba a los historiadores incertidumbre e inseguridad ante la posibilidad de que la historia fuese arrastrada también a esa crisis, ya que su interdisciplinariedad, alianza y metodologías eran es gran mayoría apropiadas de esas ciencias.
Pero Chartier en medio de ese aparente caos se pregunta: ¿Por qué en este mismo punto las ciencias sociales parecen entrar en crisis mientras la historia cobra nuevos impulsos salvándose de la tempestad en la que se encuentran las primeras? [2] Para él, no existe tal crisis, ya que según su percepción, la historia evitó la crisis de dos formas, la primera cundo cambió el tipo de objeto de estudio y se acercó a estudiar los ritos, creencias y las formas de sociabilidad, y la segunda al retornar al estudio de las mentalidades, es decir, cambió su objeto de estudio pero no dejó de lado el uso de los principios de la historia económica y social, que le otorgaban legitimidad científica. De ahí que, un “rasgo de la historia cultural es la articulación que hace de nuevos campos de investigación con la fidelidad a los postulados de la historia social”.[3]
De acuerdo al planteamiento de Chartier, no existió tal crisis en las ciencias sociales, ya que el historiador continuó usando planteamientos del estructuralismo y el marxismo, únicamente cambiando su objeto de estudio. Entonces cabe la pregunta: ¿Qué motivó el cambio en el trabajo histórico sino fue una crisis en las ciencias sociales? La respuesta está en la “distancia” tomada de prácticas históricas como el abandono de los principios de la historia global, de la definición territorial y de la importancia dada a la división social como método indispensable para comprender las diferencias culturales. En cambio propusieron:
“penetrar la madeja de las relaciones, de las tensiones que constituyen a partir de un punto de entrada particular (un hecho, oscuro o mayor, el relato de una vida, una red de prácticas específicas) y al considerar que no hay práctica ni estructura que no sea producida por las representaciones, contradictorias y enfrentadas, por las cuales los individuos y los grupos dan sentido al mundo que les es propio”. [4]
En medio de estos desplazamientos el autor da a conocer su propuesta y sus intereses particulares: comprender cómo la apropiación de textos por los lectores en el Antiguo Régimen francés cambió las formas de sociabilidad y modificó las relaciones de poder. A partir de ello introduce al debato la historia cultural nuevos términos: apropiación, representación, sentido, diferencias sociales y prácticas culturales.
Después de ubicarnos dentro de los nuevos desplazamientos de la historia, que da como resultados la llamada historia cultura, Chartier desarrolla de manera general su propuesta de histórica: cómo los mismos textos pueden ser apropiados, interpretados, manejados y comprendidos de forma diferente por los distintos grupos de la sociedad. Lo que lleva a formular preguntas como la apropiación de texto por lector puede dar por resultado nueva formas de entender las diferencias sociales y las prácticas culturales,[5] es decir, las mentalidades se construyen por medio de la relación con el mundo social, a partir de clasificación y de desglose de las obras por los distintos grupos, que forman simbólicamente un status o diferencia.[6] Lo anterior nos lleva a entender la relación de representación, esto quiere decir, cómo las distintas representaciones son evidencia de distintas identidades sociales, que a su vez, se forman por el sentido diferente que se les da a dichas formas.
A manera de reflexión final, interpretar el mundo como representación o el mundo a través de sus representaciones, fue el cambio en la historia que implica reformular una división de la sociedad, no a partir de clases sociales predeterminadas, como se venía dando, sino a partir de las diferentes apropiaciones que de las obras circulantes hacen los diferentes grupos, en la medida que le otorgan sentidos y significados distintos, y cómo éstos se relacionan entre sí, se modifican y se construyen.
[1] Roger Chartier, El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, (México: Gedisa, 2005).
[2] Ibid, 45.
[3] Ibid, 47.
[4] Ibid, 49.
[5] Ibid,56.
[6]Ibid, 57.
1 de diciembre de 2008
Sólo la historia y yo…que estamos vivas y locas. Reflexiones en torno a la historia
“Sólo la historia y yo, Maximiliano, que estamos vivas y locas. Pero a mí se me está acabando la vida.”[1]
Una visión a la vida cotidiana del Segundo Imperio Mexicano, una historia social del México decimonono, una historia de la cultura política de la clase dominante mexicana, una historia de las mentalidades durante la intervención francesa, una historia oral de las batallas olvidadas, una reconstrucción del pensamiento y las representaciones del mundo por parte de Maximiliano y Carlota es lo que Fernando del Paso nos ofrece en esta historia total del Segundo Imperio contenida en la novela Noticias del imperio.[2]
Esta novela histórica es un trabajo valioso, parte de un hecho histórico, un acontecimiento real como la intervención francesa en México en 1862 y el segundo Imperio Mexicano, y construye una historia novelada, en donde le da voz a personajes históricos como Maximiliano, Juárez, Carlota, permitiéndonos entrar en su pensamiento y su forma de comprender el mundo que les tocó vivir. Sin embargo, no solo atiende a los grandes personajes, también se ocupa de dar voz y espacio en la trama a personajes de los diferentes sectores de la sociedad, que rescatan de voz propia, su historia y su participación en la historia.
El trabajo de Del Paso nos permite trabajar muchos aspectos de su novela, entre los más valiosos, desde mi punto de vista, ya mencionamos algunos renglones más arriba, pero existe la necesidad de centrar la atención particularmente en dos ideas en las que reflexionaré.
La primera es la construcción de un discurso histórico a partir de distintas voces a lo largo de toda la novela, que son en gran medida ellas las que van relatando la historia, pero sustentada en una investigación histórica, logrando de esa forma borrar casi por completo esa fina línea entre historia y literatura, pues en algunas partes de la novela se puede leer una interpretación histórica de las fuentes consultadas por el autor, a tal grado que se olvida, en ciertos puntos, que se disfruta de una novela, recordándolo únicamente cuando los personajes entablan diálogos o nos sumergimos en sus pensamientos.
Lo interesante del texto es que el autor en ningún momento está cuestionando el hecho histórico en sí, pues está, como los historiadores, completamente seguro que ocurrió, en realidad, lo que sí hace Del Paso es cuestionar las interpretaciones históricas hechas del mismo suceso, y por lo tanto, cuestiona a la realidad del presente que se justifica en determinadas interpretaciones que construye del pasado.
La segunda idea a desarrollar es el sentido de la historia para Fernando del Paso, que considero se plasma a través de toda la novela y en la estructura de la misma, no obstante, tomaré, a manera de delimitación, el capitulo primero de la novela, para que éste sea el margen donde encuadren mis ideas.
Desde mi punto de vista, el autor pone en palabras de una loca su concepción de la historia, en la que conceptos como locura y memoria van de la mano y hacen posible la idea, porque resisten al propio tiempo; pues sólo un loco puede reconstruir una realidad pasada usando su memoria y continuar viviendo en el presente, este péndulo o portal que permite hacer los saltos en los tiempos es la locura, por consecuencia, los historiadores tienen un cierto grado de ella para poder hacer su trabajo, en cuanto se vuelve una operación difícil e inentendible para el corpus científico. “Si supieras, Max, qué terror me dio la primera vez, cuando vi todas esas páginas en blanco, cuando me di cuenta que si no encontraba mis recuerdos tendría que inventarlos”.[3]
La historia es el constante intento por recordarnos en el “yo soy” de Carlota para darle sentido y coherencia a nuestro presente, “Ya no tengo testigos de mi vida. Si tú no me ayudas, quién más podría ayudarme, Max: a todos les llegó el día de su muerte. Qué pena tener que decírtelo y qué alegría”[4]. De esta manera, la historia válida para Del Paso no es únicamente la escrita, ya que nos oculta tanto, por el contrario, la historia válida, la que es o debería ser contada es aquella que se recuerda, por el testigo del “yo estuve ahí”, y yo, en un acto consciente de hacer sobrevivir mi mundo a mi vida, es podértelo contar y comunicarlo en la tradición oral. Por eso que Carlota se pregunte constantemente:
“Y el otro día me asomé a la ventana y me enteré que se había muerto el siglo y que se había muerto el Imperio Austrohúngaro y que se había muerto con un millón de hombres en el Valle del Somme.
Y ahora, “¿quién de los vivos puede decir que vio nacer a tu padre Napoleón Segundo Rey de Roma? ¿Quién de los vivos puede contar que lo vio pasear en la carroza de plata…? […]¿Quién te vio a ti jugar con tu hermano…?”[5]
Por lo tanto, la historia se preserva porque se guarda en la memoria, y en este punto entra al centro del debate la memoria como factor indispensable de la practica histórica: “¿Y quien, de los vivos, nos recuerda? […] quien, dime, recuerda lo verdes que eran los ojos del traidor López? Sólo la historia y yo, Maximiliano.”[6]
La historia es el constante esfuerzo por recordar y dar sentido a los recuerdos, el historiador, en su locura, tiene la capacidad de moverse entre tiempos para poder construir su relato desde el presente. El trabajo de Del Paso debería plantearnos a todos nosotros el propio quehacer histórico y algo mucho más importante que en el peor de los casos siempre ignoramos, la escritura de la historia, la forma de narrar la historia y por supuesto, el lector que ha de apropiarse del texto. Pensar la narrativa en la historia y el lector nos obligará a considerar más nuestro papel en el proceso de investigación y el peso de nuestro lugar social en nuestro trabajo.
[1] Ibid, 36
[2] Fernando del Paso, Noticias del imperio. México:
[3] Ibid, 29
[4] Ibid, 30
[5] Ibid, 31
[6] Ibid, 33-34
Relaciones
* Por Abdiel Espinoza González
Para Certeau, la ficción “es un discurso que “informa” lo real, pero no pretendo ni representarlo ni acreditarse en él”[2]. En base a ello, la hitogriografía ha tratado de definirse en oposición a ella, armándose de un cuerpo de cientificidad que la separa de ella, lo anterior lo logra conseguir cuando adquiere la posibilidad de señalar, en base a pruebas de la realidad, los errores que ella encuentra en la ficción. De tal manera que la historia encuentra justificación al fundarse en la representación y acreditación que ella misma hace de la realidad, es decir, “informa de la realidad” y no sólo eso, puede argumentar su discurso para tener la firmeza de decir en lo que informa, lo real.
Para desarrollar sus reflexiones, el autor analiza lo que él llama “el juego de la ciencia y la ficción” desde tres cuestiones: lo legendario de la institución historiadora, el aparato científico y la relación entre el discurso y lo que produce.
La primera cuestión, se refiere a la autoridad que el relato histórico se hace al asumirse en nombre de los acontecimientos que interpreta. De esta manera, el relato tiene autoridad porque representa la realidad que interpreta, es decir, la autoridad misma radica en el texto, en el acto de poner en palabras comunicables una interpretación. Sin embargo, De Certeau cuestiona la intencionalidad del historiador y de su relato, ya que en tanto el historiador escribe en un presente, dentro de un marco de referencias y haya su autoridad en su discurso. Expone una estructura de producción en donde hay una necesidad social constante y antiquísima de dotar de un sentido que supere las violencias y las divisiones del tiempo. Por lo tanto, se puede señalar a la literatura historiográfica como pensada y escrita para un público o lector al que espera, seducir o imponerse –en palabras del propio autor-, para provocar una reacción, asimismo, “dicta interminablemente, a nombre de lo “real”, lo que hay que decir, lo que hay que creer y lo que hay que hacer,”[3] por eso siempre es un discurso pedagógico, nacionalista o militante.
La segunda cuestión que De Certeau considera es el aparato científico, la cientificidad misma en la historia. En este punto, compara el discurso historiográfico científico, con las otras “historias”, y llega a la conclusión que un elemento del que la historia se apropió para separarse de la ficción fueron las matemáticas, por considerarlas como la más puras de las ciencias, usó las categorías de análisis objetivas de esta ciencia para tratar sus objetos de estudio y validarse de objetividad. Sin embargo, el uso de estas metodologías limita el mismo estudio de la historia, ya que obligan al historiador a “recortar” la realidad para estudiarla desde esa óptica, generando efectos de cientificidad.[4]
La tercera cuestión es la relación entre el discurso y lo que produce. En este apartado el autor rompe la concepción y la distancia entre el objeto de estudio y el sujeto, entre el producto de discurso y el representado. Ya que para él, siempre hay “un retorno del pasado en el discurso presente”[5]. Plantea que no es posible un discurso histórico que desista del propio tiempo y que represente realidades del pasado sin que se le evoque, aún con ayuda de la ficción y las propias fuentes. Pues una historia con pretensiones de despolitizada y neutra que permanezca al margen de las querellas del propio tiempo que representa no debería hacerse, el historiador por más que se considere al margen o por encima de su objeto debe desistir de ello y preocuparse por encontrar la relación interna y actual con el poder. Historizar a la misma historiografía, implica por lo tanto, referir todo discurso a las condiciones socioeconómicas o mentales de su producción[6]. Retornar el tiempo a la historia significa traer también las pasiones mismas y reconocerlas entre los postulados científicos construidos para separarse precisamente de ellas.
Por lo tanto, una re las reflexiones finales del autor es que el historiador en su discurso busca verosimilitud, al mismo grado que el literato con su novela, no obstante, también busca articular las prácticas sociales en lo complejo de la sociedad misma. Para ello, “yuxtapone elementos no coherentes o hasta contradictorios, y frecuentemente da la apariencia de explicar”. Dando por resultado, lo que De Certeau llama de forma irónica, una ficción de la misma ciencia.
La propuesta que nos representa De Certeau en este capítulo nos orienta a reconocer, dentro de la misma historiografía, a la ficción, no con el lente ilustrado que la desdeña, sino como parte inseparable del relato histórico mismo, así también, obliga a repensar a la historiografía misma en el interior de una institución del saber que responde y se desarrolla en el presente. La historia, por lo tanto, no está del todo dentro de las ciencias, ya que seguirá respondiendo a un presente. Lo que obliga es a repensar el quehacer histórico, el mismo tiempo en la narrativa histórica, la función del relato histórico en las sociedades y las motivaciones que llevan a escribir historia o las estructuras que no lo permiten.
Ni un paso atrás
Una historia de pequeños pasos, de cambios profundos en la mentalidad y las estructuras de la sociedad en periodos de larga duración, dentro de la corriente de la historia de los Annales, es lo que Michelle Perrot nos presenta en este capitulo de la obra Historia de las mujeres en Occidente.[1] La mujer europea del siglo XIX es, según Perrot, un agente o actriz social, que entró a escena recientemente y con paso firme.
¿Cómo hacer una historia de las mujeres? ¿Qué elementos considerar? Personalmente no sabría cómo responder a estas dos preguntas, sin embargo, Perrot aborda el estudio de las mujeres iniciando con encontrarlas en los espacios que la cultura les había destinado como propios del género: el hogar, una vez halladas ahí, se da a la tarea de presentarnos la forma en la que ellas van “saliendo” del olvido y se integran a la sociedad, aprovechando las oportunidades que se les presentaron “[…] las mujeres supieron apoderarse de los espacios que se les dejaba o se les confiaba, y desarrollar su influencia hasta las puertas mismas del poder.”,[2] modificando estructuras mentales, la relación entre los géneros y las propias relaciones de poder.
Resulta interesante como la Perrot otorga importancia a los espacios y prácticas sociales que las mujeres logran conseguir, mantener y extender, como factores de identidad, por medio de los cuales las mujeres comienzan a tener “consciencia de ellas mismas a partir de ellas mismas” y construyen una esfera de acción práctica e ideológica, que por supuesto, es considerada como transgresora para la cultura y el mundo representado por el género masculino en donde cada vez se van sintiendo menos representadas y más obligadas a participar.
La mentalidad, o las mentalidades, referente a lo qué es ser mujer están construidas a partir de las nuevas experiencias que van vivenciando y que transforman su forma de pensar, entenderse y representarse ante el mundo que hasta ese momento no las había considerado, experiencias como abrir su campo de acción a la sociedad por medio de las instituciones de caridad, las migraciones y los viajes.
Construirse una identidad propia a partir de nuevas prácticas sociales lleva a las mujeres al centro de las relaciones de poder, porque la existencia de una identidad ajena a la masculina que concibe el presente, interpreta el pasado, construye futuro y otorga significados específicos a determinadas prácticas, obliga a replantear todo la concepción que hasta el momento se tiene de la propia historia y de la misma relación entre los géneros.
31 de octubre de 2008
Memorias
Voces inocentes, evoca a un testigo, evoca a un pasado, evoca a una historia, evoca a la memoria. ¿Qué es la memoria? ¿Acaso es nuestra propia historia? Yo pienso que no, yo, al menos yo, considero que es la visión que nosotros tenemos de nuestra propia historia inserta en la macro historia, que fue en un contexto y que en algunos momentos la determinó.
La memoria es un ejercicio de recordarnos, no en el pasado, en el cómo era o qué hacía, sino en el presente, en el quién soy y qué hago. La memoria, amigos míos, es un elemento que nos da identidad, nos dice quiénes somos, nos hace construir nuestra historia a partir de nosotros mismo, de nuestra subjetividad para identificarnos con rasgos distintivos frente a los otros, a las otras identidades, a las otras historias y a las otras memorias. La memoria, repito, es traicionera, o mejor dicho, poco objetiva, o aún más preciso, porque algunas veces se me complica encontrar las palabras exactas para lo que quiero decir: la memoria es el resguardo de la historia, de la tradición, del pasado; es el rincón dónde permanece grabado el lugar y la temporada del año cuando crecen los frutos; es el sitio desde donde sale la plegaria, la oración, el rito.
La memoria, amigos míos, es donde nuestras impresiones y experiencias aguardan para que volvamos a ella y algunas veces ésta nos ha de determinar o influenciar en algún grado, consciente o inconscientemente, nos guste o no nos guste. Nadie puede huir de su propia historia ni callar su memoria. La memoria, amigos míos, es nuestra arma y resistencia contra la mutilación del pasado, de la historia; es nuestra, o debería, ser nuestra resistencia contra la historia hecha a la medida del presente, es donde las impresiones y las voces de lo que fue y fuimos se conservan aunque no se hayan plasmado en libros. La memoria, no sé ustedes amigos mìos, es una fuente para el quehacer histórico y para devolverle sentido a nuestra existencia, para lograr reparar la conexión entre pasado y presente, en un tiempo en el cual cada día se reinventa al mundo y cada noche cuando se apaga el sol se hace tabula rasa de la historia. Menuda fiesta serìa la vida si no invitamos a Clío a que nos deleite con su presencia.
¿En qué medida podrá modificar nuestra interpretación del pasado una lectura de la memoria? Nos romperà paradigmas, responderemos a nuevos problemas, responderes de diferente manera a viejos problemas, entenderemos mejor nuestro presente, valoraremos lo que somos como país, sociedad e individuos.
Voces inocentes no es una historia, es la historia de, la historia vista o mejor dicho, recordada por el que estuvo presente, el que la vivió, el que la sufrió y el que estuvo a punto de morir en ella, imposibilitado de esa manera a rememorarla años después. La interpretación del pasado cambia en la medida que todos su actores se nos presentan con nombre y apellido, vivos, en medio deun contexto de constante cambio y muerte que no pueden o tiene la capacidad de modificar y ni siquiera algunos de sobrevivir.
El cine, como testimonio, tiene la peculariedad de alcanzar y trastocar aun público mucho más amplio, al menos, si no escribe historia provoca una reinterpretación de ella, lastima con un discurso distinto, comprometedor, amargo, olvidado por la historia escrita, hecho aún lado pero vigente y constantemente presente en la memoria, en el lugar del no olvido, donde todo queda para preservarse y compartirse, porque la memoria se comparte, ¿Quién no ha escuchado decir, "nostros cuando", "mis padres hicieron"? Acaso es no nos liga a esos sujetos y nos hacen apropiarse de ellos y de sus hechos.
Las voces, inocentes o culpables, pues donde hay los unos habrá los otros, no siempre permanecen en las letras, y aún cuando la memoria intenta ser vaciada y expulsada de tu ser en diarios, para satisfacer la consciencia o comunicarla, nunca nos desprenderemos de ella, como lo dije al principio, la memoria es parte de nuestra identidad, no es nuestra historia, es la persepción y la apropiación que nosotros hacemos de ella. Es la que nos hace diferentes y recuerda la historia de vida de nosotros mismos, dos elementos que asumimos como nuestos y los proyectamos como tales para que otros los apropien y nos definan e identifiquen a partir también de ellos. En un "Hola, me llamo Abdiel Espinoza", te estoy contando quien soy, de donde vengo, mi apellido me delata, la herencia de migrante se cuela entre las 8 letras que forman mi apellido.
¿Por qué Mondoki? ¿Por qué hacer una cinta desde la perspectiva de un niño? Ah la historia de los niños y la que cuentan los niños, los que no tienen voz, los que son inocentes, los que no están ajenos a ella. Cuanto trabajo todavía falta por hacer, los niños en la revolución, en la calle, la vida cotidiana de ellos en el rancho, en la ciudad, cómo ellos aprecían desde pequeños la vida y le atribuyen sentido y después ellos construyen su historia queriendo emular, olvidar el pasado. El hombre, amigos míos, no se puede librar de su pasado, sólo reinterpretarlo a la luz de nuevas esperanzas y sentido, la memoria, amigos míos, por no llamarlos hermanos, es identidad y el cine su mejor escapatoria para poderse hacer escuchar y ver ante la negativa constante de los heruditos que hacen libros y la desprecían.
El cine hoy es algo más que imagenes en movimiento, efectos especiales y sonido, es un discurso de la realidad que cuestiona el presente o reinterpreta el pasado para desmentir o justificar el presente, el proceso de la cinta que vemso por dos horas en la sala de cine es, aunque está por demás decirlo, una practica donde intervienen actores y tiempos, qué barbaridad, las cosas lejos de simplificarse se complejizan....
30 de octubre de 2008
Hacia una historia de la historia cultural
*Por Abdiel Espinoza González
Definir qué se entiende por historia cultural es una labor a la que algunos historiadores se han dedicado, este es el intento de uno de ellos, Roger Chartier explora esa definición a partir de postulados previos con los cuales no está completamente de acuerdo y que le permiten iniciar una serie de planteamientos y reflexiones en un intento de llegar a un acuerdo para esta definición tenga sentido. [1]
Chartier da principio a este capítulo tratando de entender a la historia cultural a partir de los planteamientos de Lynn Hunt, quien publicó una serie de ensayos compilados bajo el nombre de Nueva historia cultural en 1989. Después de su lectura encontró tres características en todos esos trabajos: en primer lugar, centran su atención en intentar comprender las relaciones entre los símbolos y el mundo material; en segundo lugar, los historiadores han volteado a ver a la antropología y literatura, lo que ha llevado a intentar comprender el significado simbólico de las conductas; en tercer y último lugar, reflexionan en torno a la manera de construir las narraciones y el análisis histórico.[2] Tal parece, según opina Chartier, lo que Hunt llama la nueva historia cultural es una especie de costal donde caben todo tipo de planteamientos de corrientes distintas como la historia de las mentalidades, identificada con la escuela de los Annales, la microhistoria italiana y la historia estadounidense de influencias antropológicas.
Sin embargo, la nueva historia cultural, o al menos la nueva, es de un tiempo más próximo, apenas de 1989, según Hunt, pero antes ¿qué podemos ubicar como historia cultural? La respuesta parece estar en las investigaciones de los historiadores franceses de la escuela de los Annales: la historia de las mentalidades, una historia centrada en la mentalidad colectiva, enfrentada a la intelectual que se elabora de manera consciente, una historia vinculada con la economía, por lo tanto serial y estadística, una historia que borra las diferencias entre clases pero establece categorías intelectuales.
Esta historia de las mentalidades, propuesta por los miembros de la tercera generación de Annales, entre los que se encuentra Jacques Le Golf y el propio Chartier, tuvo la peculiaridad de lograr un equilibrio entre la historia y las ciencias sociales, al apropiarse de métodos de análisis y desplazarse en los temas de investigación. Sin embargo, despertó varias críticas que en su mayoría estaban dirigidas a combatir la idea globalizante de la mentalidad como un ente homogéneo. Carlo Ginzburg, criticó, en una especie de autodefensa de Menocchio, el monopolio de las mentalidades que dejaba fuera cualquier forma de pensamiento consciente independiente y que olvidaba las singularidades. Por su parte, Geoffrey Lloyd atacó el conjunto monolítico de ideas y creencias que se le asignaba a una misma sociedad y la regulación de todos los individuos a una misma estructura mental. Fue Lloyd quien propuso sustituir a las mentalidades por estilos de racionalidad, que dependían del contexto de discurso y registro de experiencias. En suma, las críticas se oponían a una reducción de la pluralidad en las formas de pensar.
Presentados de manera general los postulados de la historia de las mentalidades, sus críticas y lo que éstas provocaron: una exigencia hacía el uso individual, es decir, a centrarse en las modalidades específicas de apropiación cultural, y entender las representaciones que del mundo se hacen como diferencias que existen y caracterizan a la sociedad, es decir, dejar a un lado la idea que las mentalidades borraba cualquier división de la sociedad y que suponía que dos clases o grupo sociales, antagónicos, tenían una misma forma de pensar enmarcada en una sola estructura mental. Ese cambio es, tal parece lo que Hunt llamó nueva historia cultural en 1989.
A pesar de las contribuciones a la historia de las mentalidades, la propuesta de 1989 sobre historia cultural tampoco es lo suficiente, ya que cuenta con algunas lagunas, de tal manera que Chartier se pregunta: ¿Cómo apreciar las aportaciones de la historia cultural en su nueva definición? Y entonces, al igual que Burke en su propio intento por definirla desde otro ángulo, se enfrenta a la problemática de definir en primer lugar a la historia cultural. Una primera complicación que tenemos que resolver para comprender de manera más precisa a esta historia es la delimitación de su campo de estudio, ¿Qué entra en esta historia y que no y porqué? O en palabras del propio Chartier:
“¿Se debe, por tanto, cambiar de perspectiva y considerar que toda historia, cualquiera que sea, económica o social, demográfica o política, es cultural, y eso en la medida en que todos los gestos, todas las conductas, todos los fenómenos objetivamente mensurables son siempre el resultado de las significaciones que los individuos atribuyen a las cosas, a las palabras y a las acciones?”[3]
El gran riesgo, según esta pregunta es que “todo” sea historia cultural, que esta historia se convierta en una definición globalizante que la identifique con la misma historia y termine por disolverla.
La segunda problemática se refiere al apellido de esta nueva historia, la cultura: ¿Qué se entiende por cultura? Llegar a un consenso en su definición dejará muchas cosas en claro y permitirá estar de acuerdo a los investigadores. En torno a las definiciones, se pueden encontrar dos opciones de cultura, aquella que entiende como cultura:
“[…] la que designa las obras y los gestos que, en una sociedad dada, se sustraen a las urgencias de lo cotidiano y se someten a un juicio estético o intelectual, y la que considera las prácticas ordinarias a través de las cuales una comunidad, cualquiera que sea, vive y refleja su relación con el mundo, con los otros y con ella misma.”[4]
A pesar los problemas evidentes que provoca la historia cultural en su definición y en sus diferentes herencias y tradiciones, Chartier se encuentra cuestiones comunes entre enfoques diversos, a su parecer, la primera de ellas es que la historia cultural, o los trabajos identificados como tales, tienen en común referirse a la articulación de obras singulares y representaciones comunes, es decir, la forma o el proceso por el cual una obra es apropiada por un receptor y cobra sentido.
En este punto, donde se pone, especial interés en la relación lector-texto, y que se separa de interpretaciones estructuralistas o semióticas que otorgan el significado de la obra de acuerdo al lenguaje -es decir, un texto adquiere significado en sí mismo, en relación al lenguaje sin la necesidad de establecer una relación con el mundo material-, y opta por una sociología de los textos, que considera la materialidad del texto, su historia y la historicidad del lector como factores que determinan la apropiación o rechazo.[5]
Una segunda cuestión que comparten los trabajos de historia cultural es la forma en que conciben la relación entre cultura popular y cultura sabia, y es en este punto donde se encuentra otro “nudo” o problemática de la historia cultural o historiadores culturales. Por un lado, están los que opinan que la cultura popular es un ente simbólico coherente con lógica ajena a la cultura sabia, y por el otro, se encuentran los que opinan, desde una perspectiva con influencias marxista, que la cultura popular se comprende a partir de las dependencias y relaciones con la cultura de los dominantes. Dice al respecto Chartier: “Por un lado, entonces, la cultura popular es considerada autónoma, independiente, cerrada sobre ella misma; por el otro, se define totalmente por su distancia frente a la legitimidad cultural.”[6]
En todo caso, la atención, según Chartier, no debe centrarse en definir lo popular y lo sabio, o sus límites, puesto que cohabitan en un mismo espacio y tiempo en donde no existen independientemente la una de la otra sino que mantienen determinadas relaciones que van cambiando con el paso del tiempo y es ahí, o debería ser ahí donde el historiador plantearía preguntas dedicadas a comprender cómo estás dos culturas se entrelazan, cómo los dominados se apropian de la cultura dominante.
La tercera y última cuestión es la referente a la articulación entre las prácticas y los discursos, es decir, a las condiciones de posibilidad o capacidad de inventiva de los actores sociales con respecto de los marcos de dominación que sólo permiten pensar, decir y hacer algunas cosas. De esa manera, la historia cultural ha contribuido a la historia política para tratar las relaciones de poder, y a la historia social para considerar la aceptación o rechazo de parte de los dominados de las representaciones que perpetuán su situación de subordinados.
[1] Roger Chartier, “La nueva historia cultural” en El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito”, (México: Universidad Iberoamericana, 2005)
[2] Ibid, 13-14.
[3] Ibid , 22.
[4] Ibid. 22.
[5] Ibid, 28.
[6] Ibid .30.
29 de octubre de 2008
Síntomas de cambio, cine e historia...
Mad Max II, Director George Miller, 1981.
Por Abdiel Espinoza
La historia que esta película relata ocurre el desierto de Australia, en un posible futuro, después de la tercera guerra mundial, cuando los pocos sobrevivientes tienen que acostumbrarse a vivir inmersos en una lucha constante por gasolina. En esta historia futurista, un hombre llamado Mad Max, ex oficial de patrulla, ayuda a unos colonos que viven y protegen una refinería, constantemente atacados por banda de guerreros encabezados por Lord Humungous, a escapar de dicha refinería transportando tanques de gasolina.
En lo personal, no me gustó la película pero me resulta interesante algunos aspectos que sí merecen la pena ser comentados y resaltados, entre ellos están las preguntas obligadas que surgen de la propia cinta, tales como: ¿En qué año se produjo?, ya que ello puede enmarcarnos el contexto de producción, llevándonos a dibujar la perspectiva que en esos años se tenía del sentido de progreso y del futuro.
Todavía inmersa en el escenario de la Guerra Fría, la cinta revela el sentido de caducidad del ideal progresista de la humanidad, de la historia; plasma un futuro de caos, donde lo único que le da sentido a la vida de los sobrevivientes es la búsqueda continua de combustible. Por último, me parece conveniente mencionar la importancia que la cinta le atribuye a la memoria como resguardo de la historia, ya que esta historia nos es narrada por un anciano, pero que aparece en la cinta y la historia que narra, como testigo.
A manera de conclusión, la caída de la esperanza de progreso en el futuro de la humanidad no podía sostenerse más después de dos guerras mundiales y un clima tenso de Guerra Fría, que amenazaba a la humanidad con ponerle fin a su existencia en la tierra. De ahí que películas como estas hayan aparecido planteando un futuro nada prometedor con una intención que bien puede ser catastrófica, si plantea la imposibilidad de revertirlo o de crítica del propio presente, intentando encontrar el cambio que libre al hombre de una historia como la que presenta esta cinta. Finalmente y de manera más sencilla, la cinta es un testigo del cambio cultural en el hombre.
22 de octubre de 2008
Historia de la cultura política
Este capítulo trata sobre un tema interesante y abordado con anterioridad por distintos historiadores: el golpismo en América Latina y la política exterior de los Estados Unidos, que desde distintos enfoques ha sido interpretado. Sin embargo, la propuesta de Forte, que proviene desde la historia de la cultura política, resulta sumamente atractiva porque no se pierde en los factores económicos sino que se centra en los políticos, para ser más específicos, en la historia de cultura política. Ahora aquella vieja perspectiva relegada por los Annales parece regresar enriquecida y dispuesta a ser útil para el historiador.
El objetivo central de la lectura es un reanálisis de la participación de los militares, es decir, el golpismo militar, en América Latina. Para ello, buscará encontrar la importancia de los factores internos de los países latinoamericanos (características del cuerpo de oficiales), con respecto a los las influencias externas o factores externos (característica de la política exterior de los Estados Unidos). Por lo cual, dirige sus esfuerzos en lo que él llama variables: en primer lugar, la cultura política en la sociedad estadounidense y la repercusión en su política exterior; en segundo lugar, la cultura política castrense en Latinoamérica y su relación con el golpismo.[1]
Para el caso de la política exterior estadounidense, Forte parte de la premisa que la política exterior de un Estado forma parte de fenómenos político-culturales y por lo tanto, son condicionados por la cultura política de su contexto, de tal manera que se da a la tarea de encontrar en la sociedad estadounidense las practicas culturales que pongan de manifiesto la existencia de un valor presente y arraigado en toda la sociedad que determina la política exterior del país, en sus dos dimensiones, el objetivo general y las necesidades inmediatas. En su búsqueda trae al centro de su atención tesis de autores que han tratado de encontrar la guía de la política exterior y llega a la conclusión que es el valor de la libertad, de libertad política, arraigados fuertemente en la sociedad.
Si bien es cierto que el concepto de libertad, de libertad política, no es estático sino que ha tenido diferentes significados en el tiempo porque se define de acuerdo al contexto, es la clase política quien ha tenido el reto de ir cambiando el significado de “libertad” para contar con el respaldo de la sociedad en las intervenciones externas, lo cual las legitima, y caracteriza su política intervencionista no como imperialista, sino como seguidora de un objetivo general: un intento constante de construir un mundo libre para la democracia.
Para el caso de la cultura castrense latinoamericana busca las ideas políticas del sector militar a partir de la histórica participación que han tenido en sus respectivos países, como consolidadores de las independencias y formadores de los Estados-nación. De tal forma que a través de esas intervenciones históricas se han consolidado prácticas culturales políticas en el seno de este sector que le han permitido intervenir justificadamente en los asuntos internos.
Si en la política exterior estadounidense hay un valor que es la libertad la que cobra un papel de primer orden, en la cultura castrense el contexto histórico permitió que se construyera en este sector determinada cultura política con características nacionalistas y superioridad de lo militar sobre lo civil; a partir de lo cual, formaban su propia opinión sobre la realidad que ellos veían como caótica a consecuencia de la introducción de elementos externos como el liberalismo y la democracia, inaplicables en sus contextos, por lo que el eje central de su participación política ha ido la seguridad del país. De tal manea que la idea de libertad no era aceptada por los militares ya que la consideraban como un elemento que debilitaba la seguridad.
¿Cómo poner de acuerdo dos culturas políticas tan diferentes entre sí como la idea de libertad en la política exterior estadounidense y el nacionalismo castrense? Sencillo, redefiniendo a ambas de acuerdo al contexto y las necesidades presentes, en la segunda mitad del siglo XX el socialismo fue el catalizador ideal para ello, ya que amenazaba la idea de libertad para la democracia en el mundo, según los estadounidenses, mientras que amenazaba la seguridad nacional y la existencia misma de los Estados-nación, según los grupos militares. La contribución de Forte no sólo es valiosa por identificar las culturales políticas de estos dos sectores, también lo es por ubicarlas en el tiempo e insertarle el elemento de cambio, la significación constante de sus valores y por lo tanto, de sus acciones, válidas o justificables únicamente en su tiempo y espacio, es decir, su contexto.
A partir de la localización de la cultura política de la política exterior de los Estados Unidos y la clase militar latinoamericana, Forte hace una nueva interpretación del fenómeno de intervención militar estadounidense. Esta nueva percepción de la política, o mejor dicho, la cultura política como categoría y perspectiva para analizar la construcción a partir de los individuos que tiene referentes ideológicos, intelectuales, económicos, políticos y sociales diferentes y compartidos, derriba la concepción aburrida de la política como algo homogéneo y estático.
A manera de conclusión rescataría dos aspectos que considero interesantes de la historia de la cultura política: número uno, el énfasis que hace en lo individual y el rescate que hace de las diferencias, pues es a partir de los individuos que no solo comparten, sino que también difieren en los referentes ideológicos, los que construyen la cultura política, de tal forma que, le dan vitalidad, en la medida que se desarrollan en su seno tensiones provocadas por las diferencias y consensos que dan cohesión social al aceptar todos un mismo referente. Todo esto no sólo ocurre en el interior, sino que se refleja en cada acción en el exterior, pues ésta sólo es un reflejo o una consecuencia. En segundo y último lugar, plantea una historia más humana de lo que tal vez el propio Bloch lo imaginó, en cuanto no sólo centra su intención en los individuos, sino en las percepciones que éstos tienen, y como éstas se encuentran y desencuentran pero determinan un curso fijo a determinada acción, llámese política exterior o golpismo militar.
[1] Riccardo Forte, “Golpismo militar en América latina y política exterior estadounidense desde la perspectiva de la historia de la cultura política”, en Cultura política en América. Variaciones regionales y temporales, Riccardo Forte y Natalia Silva Prada (coords.), (México: UAM (Biblioteca Signos), 2006, p.155
16 de octubre de 2008
Un café con los literatos. Una charla entre historia y novela.
La novela, como construcción de un discurso que surge en un contexto determinado en donde el autor está influuido por una cultura que lo lleva a interpretar su presente a partir de una visión histórica específica, por medio de la cual también entiende y construye un futuro, va más allá de una buena historia bien narrada; su mundo, el universo del texto, donde habitan los personajes y el narrador es una ficción -no hay duda con respecto a eso-, pero verosímil, que el autor usa para hablar desde su perspectiva más personal sobre diferentes temas.
Lo que nos dice un sujeto con una trayectoría de vida única, que habla desde un punto cultural, social, económico, ideológico e intelectual específico, presenta el gran reto de comprender su presente o al menos cómo un individuoo lo entiende.
Poder llegar a ver con los ojos del otro un tiempo y espacio pasado sería lo más cercano a poseer el Santo Grial de los historiadores: una especie de maquina del tiempo. Poder interpretar y construir un discurso histórico sustentado en ese tipo de observaciones nnos llevará a escribir textos donde nuestro enfoque no se disuelva en lo macro o en las estructuras, sino que se centrará en lo individual, en las ideas, en las relaciones entre sujetos y contexto, en las formas de apropiación de la cultura o de rechazo.
Si bien es cierto que no podemos continuar escribiendo como nuestros antecesores, tampoco debemos hacer tablula rasa del pasado y de la historiografía que hay a la fecha. Debemos intenar ir un poco más allá, los retos del presente nos obligan a ello, pero entonces la pregunta es: Cómo? Todavía no lo sé. Lo cierto es que en esta como en otras tareas, los literatos parecen que nos llevan ventaja, ya que no están atados o impedidos por una metodología, piensan sus textos para un público, los impregnan de sentimientos específicos que permanecen en ellos, a flor de piel o entre líneas esperando una lectura más profunda, los escriben esperando respuesta o al menos una reacción por insignificante que paresca. Algunas veces, el contexto de producción de la obra dice tanto como las letras impresas en sus hojas. La publicación de unas obras y el olvido o rechazo de otras hablan de su tiempo. Por qué algunos autores han sido considerados, leídos y estudiados años después de su muerte? Preguntas y más preguntas.
Antes de finalizar me gustaría aclarar que no estoy proponiendo una ciega entrega del historiador a la literatura y a escribir novelas, no. Tan sólo traspaso a este espaciovirtual el texto que existió antes en mi cuaderno.
La historia se desprendió el arte, de la literatura. Se desprendió o la desprendieron? Dejó los mitos, los dioses y la Providencia quedó fuera de sys páginas. Clío, la buena de Clío dejó de danzar con el resto de las musas para entablar amistad con las ciencias, aquellals señoritas bien portadas que tantos defectos en un principio le encontraron. Sus primeras amistades fueron con la economía, la geografía, la antropología y sociología, sus amistades se reforzaron, pero ahora ha regresado a donde las musas, o quiere regresar, por lo que sus postulados, enfoques, metodologías y problemas comenzaran a reorientarse.
He aquí mis reflexiones, porque creo que eso son, no pretendo imponerlas, no podría, las comparto con ustedes, con los que las leerán, a manera de confesión o condena, esperan, de su parte, la guía de sus comentarios, se presentan educadas para hablar y escuchar, humildes para proponer y recibir, modestas y complices con aquellas par o similares, ansiosas e inquietas para conversar con las que son ajenas y distinas. Ahora hay que pensar ye scribir teniendo en mente al otro, tomando el tiempo para decir y considerar un espacio y silencio para escuchar la respuesta, sea cual sea y venga de donde venga...
30 de septiembre de 2008
Eric Hobsbawm: “La revolución cultural”, en Historia del siglo XX. Reporte de lectura.
Este capitulo es una respuesta a la pregunta: ¿Qué provocó el cambio cultural de la segunda mitad del siglo XX y cuales fueron las transformaciones sociales y económicas que ocasionó? Para responder, Hobsbawm no recurre a las macro interpretaciones de la sociedad sino que se enfoca en el análisis de la familia, en los cambios lentos o rápidos que se van dando al interior de ésta en la segunda mitad del siglo XX en los países desarrollados, cambios como: el aumento en el número de divorcios, de personas que vivían solas sin haber contraído matrimonio, de madres solteras y en los fenómenos de cambio de actitud publica entorno a la sexualidad. El resultado de estos fenómenos habría de provocar una ruptura del concepto de la familia nuclear, que a su vez, modificaría por consecuencia la cultura y la estructura social, política y económica.
La sociedad que atestiguó la revolución cultural estaba compuesta en su mayoría por personas adultas herederas, por llamarla así, del mundo que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y que veía la conformación de dos bloques mundiales en el contexto de la Guerra Fría. Los cambios que experimentó la familia hicieron posible el surgimiento de lo que el autor llama una cultura juvenil, en una sociedad de adultos, y que se convirtió en un agente social impulsado por los fabricantes de bienes de consumo, ya que un bienestar económico le proporcionaba cierta autonomía con respecto de los adultos.
El desfase genealógico y la prosperidad económica modificaron la concepción mismo de la idea de juventud, ésta dejo de ser una fase de preparación para la vida, pasó a ser el centro y fin mismo de ella; adquirió ventajas con respecto a los adultos, por su adaptabilidad a los cambios tecnológicas y creó una cultura internacional en cuanto a la forma de vestir. Nació pues, “una cultura juvenil global” que veía reflejadas sus aspiraciones de cambio en figuras jóvenes revolucionarias con éxito como Fidel Castro. Era pues una revolución cultural divorciada de su pasado.
La ciudad se convirtió en el escenario de cambio, la cultura juvenil hizo suya la ciudad, le otorgó nuevos significados y creó nuevos comportamientos y costumbres, donde la seguridad económica, el poder adquisitivo y la adquisición de bienes materia jugaron un papel determinante. Existía pues en una misma sociedad y espacio dos culturas totalmente diferentes enfrentándose entre sí, la cultura juvenil y la cultura de postguerra. La primera de ellas actuando en reacción ante las normas existentes impuestas por la segunda en su intento por mantener el orden casi contra corriente. El resultado fue una reacción desde distintos enfoques. “La cuestión de los gustos” fue el centro de la tensión. Esta revolución cultural popularizó los gustos de la juventud de la clase media en contraposición a la “alta cultura”.
No obstante Hobsbawm inicia su análisis con un enfoque en la familia, mantiene la referencia de la estructura económica, lo cual ayuda para relacionar la prosperidad económica con el poder adquisitivo de esta nueva juventud, punta de lanza del cambio social y a la vez presa del consumismo.
La explicación del cambio social, del origen de esta revolución cultural se encuentra en los cambios que va sufriendo la familia. La familia era una especia de célula que mantenía en armonía el gran tejido social y al modificarse su interior el tejido social lo hizo también. El relajamiento de los lazos familiares y el fortalecimiento del individualismo ante en un estado benefactor significó el rompimiento de todo vínculo y responsabilidad de parentesco que no hizo crisis al instante ya que el estado tuvo la posibilidad de hacer suyas las responsabilidades y necesidades que anteriormente se suplían al interior de la familia. Es decir, los servicios de bienestar social posibilitaron el “rompimiento” de los hijos con los padres, pues es el estado otorgaba pensiones y creaba asilos para ancianos. Aumentando así la distancia entre generaciones.
El divorcio del pasado de la cultura juvenil, el relajamiento de los valores familiares y la exclusión de los pobres en las políticas de bienestar social de las sociedades del primer mundo provocaron una reacción contra el individualismo que se manifestó en la búsqueda de identidad de estos sectores en un pasado común seguro ante un presente de constante cambio e inseguro.
A manera de reflexión final, el rompimiento del modelo familiar y con el pasado provocado por la revolución cultural y el posterior abanderamiento del individualismo y relativismo fue determinante para la crisis de la modernidad y el inicio de la llamada posmodernidad.
Peter Burke: “Problemas de la historia cultural” en ¿Qué es la historia cultural?, Paidós, Barcelona/Buenos Aires /México, 2005. Reporte de lectura.
Este capitulo sobre la problemática de la historia cultural presenta la situación conflictiva en la que se encuentra, es un intento por responder a la pregunta de porqué historia cultural, cuáles son sus antecedentes, de qué manera se ha venido haciendo historia cultura, con qué métodos y qué fuentes. Asimismo presenta las críticas y aportaciones que ha recibido de parte del marxismo. Finalmente, presenta el panorama general donde se encuentra inmersa por el problema de la definición de términos como: cultura y tradición.
Burke inicia hablando de los ejemplos o primeros intentos de hacer historia cultural, entre ellos menciona Burckhardt y Huizinga, les reconoce el mérito, de alguna manera, pero los menciona para exponer el tipo de fuentes a utilizar en la historia oral, si bien la literatura y la pintura están permitidos, deben de ser tratados como el resto de los testimonios que el historiador usa en toda investigación. Tanto la literatura como la pintura, dice Burke, no deben ser tomadas como fieles reflejos de su época, ¿Por qué? La respuesta en un tanto sencilla si consideramos que todas y cada una de ellas tiene un trasfondo mayor que no las hace inocentes o neutrales (permítaseme el término), es decir, también el autor las hace motivado por alguna razón, la destinada a cierto público para provocar determinada reacción, o en otras palabras, intenta comunicar algo.
Para sobrellevar el problema de la intencionalidad o, mejor dicho, el método para hacer la crítica del testimonio, los clásicos usaron: la historia serial para encontrar los cambios con el paso del tiempo; el análisis del discurso buscaba los temas más mencionados en determinado texto y los relacionaban entre sí, pero el problema radicaba que el la asociación de palabras con temas es completamente de su contexto, pues una palabra no significa o no remite al mismo tema en todo el espacio y tiempo; la tercera forma es el análisis del discurso, que considera más al habla, sus estructuras y formas narrativas.
A la postura de los clásicos, los marxistas les platearon algunas críticas principales, su total desapego “a la cualquier base económica o social”, desde su punto de vista, que pone énfasis especial en la economía y la lucha de clases, les parecí que el enfoque cultural era estudiado sin siquiera relacionarlo del cierta forma con esta base material. En segundo lugar, dado su interés en la lucha de clases, consideraron de mal gusto que los historiadores de culturales hablaran u homogeneizaran el término como si sólo existiera una cultura e ignoraran los conflictos culturales. Finalmente, consideraron que no todas las personas aunque viven en un mismo “Ahora”, como mencionaba Ernest Boch, es decir, una misma temporalidad, no se podría considerar que compartan la misma cultura, lo que quiere decir que no es posible hablar de cultura como algo homogéneo que engloba a la totalidad de individuos.
No obstante, a pesar de las críticas vertidas a los clásicos de culturales, hubo historiadores dentro de la corriente marxista que decidieron abordar la historia cultural desde su propio enfoque. Un ejemplo de ello fue la escuela social británica, donde E.P. Thompson comenzó a hacer estudios culturales, dejando aún lado las interpretaciones económicas o políticas, propias de esta corriente, para considerar a las experiencias e ideas. La cuestión del enfoque marxista cultural reside en la siguiente pregunta: “¿es posible estudiar las culturas como totalidades sin hacer falsas asunciones sobre la homogeneidad cultural?”, a esta pregunta se ha respondido de dos maneras diferentes, una propone el estudio de las tradiciones culturales y otra el estudio de la cultura erudita y popular como subculturas pero sin necesidad de separarlas.
Sin embargo, ante esta opción la historia cultural se enfrenta a dos problemas, la definición de tradición, y no sólo eso, sino “la concepción tradicional de tradición”, pues aunque la tradición es parte de la cultura que se traspasa de generación en generación, está va cambiando conforme se comunica.
Por otro lado, la cultura de la elite y la cultura popular está llena de preguntas, pues quiénes forman a cada una de éstas, y si ésta cultura de la élite y del pueblo engloba a todas las élites y a todo el pueblo. De ahí que sea preferible referirse a ella en plural y hablar de culturas populares, con este ánimo de no generalizar el término.
Finalmente, una ultima problemática más y de mayor importancia: ¿Qué significa ese adjetivo que califica a la historia a la cual Burke se refiere, qué engloba, en fin, qué estudia? O mejor dicho, para plantearla correctamente: ¿Qué es cultura? Se principia a responder que las artes y la ciencia, después se agregó sus equivalentes populares, posteriormente se aglutinaron a objetos y prácticas y por último, como contribución de los antropólogos, la vida cotidiana.